De Filadelfia a Buenos Aires, en el ring de los marginales.
Autores: Thomas Meehan y Sylvester Stallone (libro), Stephen Flaherty (música) y Lynn Ahrens (letras). Versión: Fernando Mallorens y Federico González del Pino. Directores: Nicolás Vázquez y Mariano Demaría. Elenco: Nicolás Vázquez, Dai Fernández, David Masajnik, Leo Trento, Diego Hodara, Mercedes Oviedo, Gustavo Monje, Merlyn Nouel, Osky Vidal, Georgina Tirotta, Christian Giménez, Juan Mateo Halle y Alan Grinstein. Escenografía y Multimedia: Tato Fernández. Ambientación: Florencia González. Iluminación: Santiago Cámara. Vestuario: Caro Fernández y Mechi Saladino. Duración: 100 minutos
Teatro Lola Membrives. Av. Corrientes 1280. Jueves, 20.30 h; viernes, 21.30 h; sábados, 19 y 21.30 h y domingos, 19 h.

Suele haber puestas que son una tentación tan grande de hacer como el riesgo a un traspié estrepitoso. Tal es el caso de “Rocky”, que contó con una versión musical en EE.UU que no fue muy exitosa que digamos. Ahora, Nicolás Vázquez y Mariano Demaría se pusieron los guantes para realizar (casi) una versión autóctona, respetando el original pero con guiños más que acertados.
Todo el mundo sabe quién es Rocky Balboa. Debemos decir que el cine de Hollywood suele tener momentos destacables, que van más allá del pochoclo y la purpurina que es moneda corriente en su producción. Sylvester Stallone concibió el texto que dio vida a este boxeador, reservándose para sí el protagónico de un film que se iba a convertir en un ícono. Es el relato de la vida de un pugilista del montón que se gana la vida en peleas de baja monta y como “cobrador de deudas” de un prestamista de la ciudad. Esto, hasta que el campeón del mundo de peso completo, Apollo Creed decide darle la posibilidad a un ignoto de pelear con él por la corona mundial el día de Año Nuevo.
Todo esto es respetado por Nico Vázquez, que se calza la bata del “Semental italiano”, logrando una actuación sorprendente. «El camino del héroe» que refleja la vida de Balboa es rico en sus diversas luchas. Hombre de pocas luces y buen corazón, sabe que está frente a la última posibilidad de ser “alguien” en el marco de la sociedad en la que vive, acorde a los parámetros que imperaban en 1976, año en que se desarrolla la acción. Esto no quita que algunos diálogos y situaciones se vinculen con la actualidad.

Ambientada en una desangelada Filadelfia (cuna de grandes pugilistas como Joe Frazier), el sueño americano no llegaba a todos lados. Menos aún, a los barrios bajos de ciudades industriales en las que el trabajo no sobra y la mayoría de sus habitantes debe rebuscárselas como puede. La crisis del modelo político y económico del Estado de Bienestar era visible. Algo había que hacer. Rocky no escapaba de esto hasta que el Tío Sam (o Apollo) lo toca con la “varita mágica” propia de la “tierra de las oportunidades”, tal como se autodefine Estados Unidos. No debe dejarse de lado esta coyuntura en la que vive Rocky en tanto va más allá del carácter reivindicativo del “hombre cenicienta”. Es aquél que enfrenta su destino a partir de su dignidad y su esfuerzo. La figura inspiradora de quien se sobrepone a sus propias limitaciones en pos de un logro único y personal.
Por eso, la puesta es absolutamente inmersiva, abarcando literalmente todo el espacio del Lola Membrives. El público entra instantáneamente «en situación». Los escenarios donde se desarrollan las acciones son recreados con precisión. La casa de Rocky, la tienda de mascotas donde trabaja Adrian, el hogar de Paulie y su hermana, entran y salen con precisión quirúrgica. Una pantalla o el uso más inmediato y recortado del proscenio sirven para momentos especiales deben tener un tratamiento especial.
La puesta general impacta, aunque no cae en excesos técnicos efectistas. La iluminación realiza un gran trabajo con una escenografía excepcional, acorde a lo requerido. El tándem con la multimedia y la utilización de las pantallas hace que la experiencia sea única. La cereza del postre es el ring donde se produce el tan esperado combate. Al respecto, el trabajo netamente boxístico es destacable. Más allá que el «Semental» sigue siendo zurdo -detalle no menor-, los momentos pugilísticos están bien realizados. Los cruces en los que un jab es un jab y se puede ver una combinación de tres golpes -aún coreografiada-, denota la minuciosidad con la que se encaró el proyecto.
Pero, a no confundirse. Todo está supeditado a la historia que se cuenta. Será la forma en que sortea esa travesía llena de escollos y obstáculos llamada «vida» lo que más importa. Inclusive, el resultado del combate queda en un segundo plano porque la moraleja de la fábula se ubica en otro lado.

Con un guiño al combate entre Muhammad Ali y Chuck Wepner en la concepción del protagonista, “Rocky” capta la atención a través de una ficción bien desarrollada y reconocible. La relación con la gente es asombrosa y se mantiene a través de los años. Todos y todas quieren ver, vivir y sentir la pasión de la vida de este boxeador tan tosco como querible, en su lucha cotidiana.
En el marco de un elenco por demás sólido, el carisma de Nico Vázquez se lleva todas las miradas con un trabajo al que le puso cuerpo, corazón y alma. Una preparación seria –en todo sentido- para cumplir un sueño, tal como lo dijo el mismo actor. Dai Fernández es una Adrian por demás creíble, con un punto alto en la famosa escena en que discute con su hermano Paulie. Párrafo aparte para David Masajnik y su “Mickey”. Captó la esencia de ese entrenador tan sabio como malhumorado que termina siendo parte fundamental del relato.
No podemos olvidar algunas perlitas de esta versión que lo tiene a Germán Tripel cantando “Eye of the tiger” o la extrapolación del vestuario de Apollo Creed de la cuarta parte de la saga, con el clásico “Living in América” de James Brown incluido. Licencias que establecen una mayor complicidad.

Para el final, la palabra de Nico Vázquez son tan precisas como sentidas. El agradecimiento al público se destaca junto con la precisión de destacar que esto es “teatro argentino” en tanto todo el trabajo que se hizo para llevar la puesta adelante. Su mención -y felicitación- de quienes forman parte de “Rocky” tanto delante como detrás del escenario, merece destacarse.
Termina “Rocky” y el disfrute fue pleno. “Todos somos Rocky” dice Vázquez y no le falta razón. Volviendo a la puesta en sí, se podrá apreciar una riqueza que va más allá del deporte de las narices chatas: la fábula sobre un titán moderno ATP, con mensaje de superación incluido, a partir de valores como el trabajo y el amor. Algo que hace falta en tiempos de IA y posverdad legitimadora de falsedades varias.
PD: A toda la gente que se emociona con la pelea y la cantidad de historias que hay detrás de los boxeadores, estaría bueno que, alguna vez, vayan a la FAB –como mínimo- para ver un combate y vivir la realidad de quienes suben al cuadrilátero. Todo, lejos de la ficción hollywoodense.