Atado a un sentimiento
Performer, espacio, dramaturgia y dirección: Matías Umpierrez. Diseño de iluminación: Matías Sendón. Diseño de sonido y audiovisual: Daniel Jumillas. Equipo en Buenos Aires. Asistente de dirección y producción: Daira Escalera. Coordinación técnica: Sebastián Francia (y equipo ArtHaus). Diseño de vestuario: It Spain. Comunicación: Marisol Cambre. Duración: 90 minutos
Equipo en Madrid. Producción ejecutiva: Elena Martínez. Coordinación técnica: Bela Nagy y Juan Miguel Alcarria. Ayudante de dirección: Lionel Braverman. Asistencia investigación: Carla R. Cabané. Asistencia artística: Josefina Gorostiza. Fotos: Dominik Valvo. Maquillaje y peluquería: Jasoartist. Acompañamiento de realización atrezo: Bárbara Almart. Sastrería marionetas: Maribel Chamborro. Diseño 3D: Eber Riera. Impresión 3D: Skynet. Comunicación: DYP Comunicación
Equipo en gira. Producción ejecutiva: Jimena Soria. Asistencia de dirección y producción: Laura G. Cortón. Distribución en España: Elena Martínez. Distribución internacional: Jimena Soria.
Funciones: 14,15, 16, 17, 20, 21, 22 y 23 de mayo. Arthaus. Bartolomé Mitre 434. A las 20 h.

Oscuridad, silencio, luz y sonido. Cuatro elementos para abrir el juego. Claro, se llama “Play”, pero también habrá interpretación. Es allí cuando sale a escena Matías Umpierrez, mastermind de una gira mágica y ponzoñosa en formato de “investigación escénica”, según sus propias palabras.
Umpierrez toma el centro del escenario con plena conciencia de lo que va a plantear. Una vorágine sonora y visual con un desarrollo tan armónico como acertado. Será el maestro de ceremonias cuyo cuerpo será atravesado por cinco historias tan diversas con una palabra, un sentimiento tan duradero como profundo que es el odio.
Uno de los tantos puntos fuertes a destacar, es la dramaturgia, aunque quizás, no en el sentido estricto de su definición. La manera en que desarrolla la historia de un chico que entra a un colegio para asesinar a sus compañeros en Virginia, es atrapante. Va y viene a través del tiempo. No se respeta linealidad alguna en tanto se combina con otros relatos igual de impactantes. Una princesa que no puede dormir se mezcla con un actor que quiere ingresar al mercado cinematográfico hollywoodense. Todo, mientras un joven dialoga con el ChatGPT en el marco de la interacción constante que atraviesa la coyuntura.
La idea es clara. Fragmentación y diversidad para crear mientras se pone la lupa sobre un sentimiento que se ha transformado en modo de vida, avalado por muchos/as. Inclusive, por quienes pueden caer víctimas del mismo, como si la fábula del escorpión no fuese lo suficientemente reveladora al respecto. Un odio que puede llegar a niveles insospechados, pero para nada sorpresivos. ¿Acaso debería sorprender la reproducción de la violencia a través del tiempo -redes y medios de por ídem-, con las excusas más inverosímiles? En absoluto. Inclusive, se puede votar “odio” con la idea de combatirlo. Paradojas del colectivo denominado gente y su tendencia in eternum al suicidio. No olvidemos que hay un contexto que -pareciera- lo avala, lo potencia y lo legitima. Es más, puede verse justo a la vuelta de Arthaus, en la calle Balcarce….

Es aquí cuando ingresa otra de las ideas motoras de Umpierrez como es la recolección de hechos como si fuera un museo del odio para vincularlo con una ficción que, por más sólida que sea en su aspecto “teatral”, termina jugando un cabeza a cabeza con la mismísima realidad. Esto, bajo la atenta mirada de un “soberano” que sufre de un astigmatismo atroz, ya que no puede – ¿quiere? – ver. la consecuencia de sus actos. Para tal fin, la creación de estímulos para con el espectador es constante. La mirada se posa en distintos lugares de un espacio amplio, muy bien utilizado, constituyéndose como otro personaje de la puesta.
El relato no respeta cronología alguna ya que el acento está puesto en esa reproducción constante que borra rastros de humanidad en las personas al tiempo que los despoja de su identidad. Es ese “pertenecer tiene sus privilegios” postulado por una tarjeta de crédito. Habría que ver cuáles serían aquellos…Más aún cuando el “no sé lo que quiero, pero lo quiero ya” que cantaba Luca Prodan como ironía en los 80, termina siendo un axioma inquebrantable para dos generaciones, como mínimo.
Por otra parte, hay una resignificación del rol del actor en tanto no hay tanta “composición de personaje”. Va más allá de esto en tanto entra y sale para abordar cada una de las historias planteadas. El uso quirúrgico de los objetos juega su papel en la creación de sentido. Desde una dentadura hasta unas máscaras beckettianas pasando por las marionetas que forman parte de la matanza de gatos que bien reflejó Darnton en su texto. El tándem que conforma con la iluminación es sutilmente fantástico. Un vinilo o una cinta de casete apoyan la moción aunque alejándose de esa retromanía que describía Simon Reynolds para instalarse en un debate de plena actualidad. Bienvenidas sean las puestas que desafían las estructuras, lejos de cualquier tipo de pasteurización.
Si el viejo refrán que afirmaba que “el teatro te modifica” sigue vigente, Matias Umpierrez lo potencia hasta el límite. “Play” es una arquitectura artística de gran creatividad, que pone el dedo en la llaga en aquello que se reproduce y no se admite. Es de esas puestas que no pasan desapercibidas. Será de aquellas que se hablarán y discutirán mesa/copa de por medio. Por eso, no será raro querer verla de nuevo, para descubrir algo nuevo o “no visto” la primera vez. No hay FOMO que sirva de excusa. Después, no digan que no les avisamos que se estarían perdiendo, probablemente, la puesta más importante del 2026. Imperdible.
