“Los días perfectos” (Teatro)

Un tiburón muerto

Sobre textos de Jacobo Bergareche. Adaptación y dirección general: Daniel Veronese. Intérprete: Leonardo Sbaraglia. Escenografía: Alberto Negrín. Iluminación: Ariel Ponce. Producción de video: Nicolás Matías Marino. Musicalización: Daniel Veronese. Video y proyecciones: Alberto Negrín. Asesoramiento artístico: María Figueras y Julieta Novarro. Asistencia de dirección: Toía Béhèran, Vanesa Campanini, Matías López Stordeur y Mónica Quevedo. Producción ejecutiva: Chiara Alessi. Productor Del TNC: Santiago Carranza. Producción general: Julieta Novarro

Teatro Nacional Cervantes. Domingo, miércoles y jueves, 19 h; viernes y sábado, 19 y 21 h.

Los vínculos siempre han sido un tema de discusión. El paso del tiempo termina siendo uno de los factores más importantes en la conclusión de los mismos. En pleno siglo XXI, la pareja que conforman Luis y Paula no escapa a esta regla. Más aún, cuando los amores “líquidos” –parafraseando a Bauman- son moneda corriente, con la inestimable colaboración de las redes sociales con su constante exigencia de velocidad, a cambio de nada.

Esa es la encrucijada en la que se encuentra Luis. En medio de un viaje que lo lleva a un centro de documentación en Texas, se encuentra con las cartas del escritor William Faulkner a su amante Meta. Éstas son el disparador de una profunda reflexión sobre su vínculo con Paula, su pareja, tras 17 años de convivencia.

Antes que nada, es fundamental decir que el ida y vuelta entre el escenario y la platea es constante. Las palabras van y vienen y se conectan a través de una experiencia relatada en formato de carta, con las vivencias propias de los espectadores. Más allá de un “desliz” que apenas se esboza, se llama a una fuerte reflexión/autocrítica a una forma de relacionarse que atraviesa, mínimo, a dos generaciones. Los prejuicios, las “crianzas” (con todo lo que implica en tanto “modelos” a seguir –papá, mamá, etc-), son sometidos a juicio crítico por una coyuntura que ha dejado de ser.

Es allí donde la palabra “tedio” es crucial y pone la lupa en la conformación de los vínculos que atraviesan hombres y mujeres que impliquen a la pareja. Lo que antes se (sobre) valoraba, tal como era la duración de la misma, dejó lugar a otras prioridades. ¿Por qué «estar» si no soy «feliz»? En un fragmento de “Annie Hall”, Woody Allen protagonizaba un desopilante y ponzoñoso diálogo con Diane Keaton en el que decía “Una relación es como un tiburón; tiene que estar moviéndose todo el tiempo o se muere”. Luis se hace cargo de esto. Llora y recuerda “aquellos buenos tiempos”. ¿Y qué más?

Los interrogantes son múltiples y poderosos. Ni hablar si se intenta esbozar una respuesta absolutamente sincera. ¿Hay amor, comodidad, miedo a la soledad? Esos axiomas de antaño no cuadran con la actualidad. La felicidad no siempre se cuadra con la longevidad en las relaciones y exige honestidad brutal, algo que cotiza en bolsa. Nadie quiere hacerse cargo del “tiburón muerto” más allá de que pueda y/o lo desee. Por ende, que el replanteo se realice, no es per sé algo destacable en tanto no se pueda apreciar si se hizo en 180° o 360°, que no es lo mismo. Esta sutil distinción brindará la diferencia entre si se está plantando bandera en una coyuntura, con nuevas ideas y reflexiones, o si se mantiene un statu quo que atrasa años.

Leonardo Sbaraglia realiza un muy buen trabajo como ese Luís al que dota de diversos matices. Pone toda su reconocida capacidad actoral para un texto al que enaltece en su interpretación. Esa carta de la que va y viene constantemente, le brinda ese mix de plasticidad y orden que le cuadra perfecto a Sbaraglia.

La iluminación es precisa en el marco de una escenografía austera que se ajusta a lo requerido. Las alusiones musicales son un guiño respecto a cómo se ubica Luis y sus competencias de cierto «buen gusto». Retoma a Lou Reed o a Neil Young (toda una toma de posición) en sus letras para retratar su sentir así como el volver a “los standards del jazz” como si fuera la solución a todo. No obstante, Miles Davis no estaría tan de acuerdo con esta idea….

Termina “Los días perfectos” y el aplauso es inmediato. Con un texto que cuenta con momentos importantes en sus planteos, la puesta impacta y conmueve a un público entregado al talento de Leonardo Sbaraglia.

PD: Como apostilla, diremos que, aquello que se había insinuado en la conferencia de prensa respecto a los celulares, fue 100% acertado. Sonaron varias veces y Sbaraglia los terminó agregando al texto. Una vergüenza lo de algunos/as que terminan naturalizando su impunidad para hacer lo que se le canta, aunque moleste a los artistas y a la gran mayoría de los presentes. Debe ser extremadamente difícil apagar el celular para presenciar una obra de teatro….

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