Fotos: Patrick Haar

– En realidad cuando voy escribiendo notas, se me van armando ideas más grandes que las exceden. Tengo una vocación de escritor. De hecho, tengo tres libros con compilaciones de mis notas de divulgación que salieron bajo el nombre Ciencia para leer en bicicleta. Fui con la propuesta de hacer un cuarto libro a Capital Intelectual y el editor me vino con una idea superadora. La pensé, me gustó, pero finalmente Capital Intelectual no podía publicarla en ese momento y seguí con el proyecto por mi cuenta. Finalmente se me dio de forma natural sacarlo con licencia libre y con otra editorial.
– ¿Por qué hay tanta gente que se apega a la tecnología como si fuera un fetiche?
-Habría que hacer un análisis historiográfico más fino, pero creo que la tecnología como promesa de solución de todos nuestros problemas, como nueva utopía, es parte del desarrollo del capitalismo. Es cierto que en un primer momento esclavizó a los trabajadores con máquinas incansables, con líneas de montaje que marcaban un ritmo feroz a la manera de Chaplín en Tiempos modernos; incluso lo sigue haciendo aunque en forma más disimulada, pero también comenzó a dar la promesa de aumentar la producción de hacer que todos podamos tener una heladera, un auto que nos lleve poir el mundo pero sin que el mundo nos moleste, nos ensucie. El marketing de la tecnología digital en particular me parece que trabaja mucho con la cuestión de sentirnos comunicados, sentirnos en contacto con otros, sentirnos parte. Eso es algo básico de los seres humanos muy bien explotado y fomentado por la publicidad: si te comprás el nuevo celular vas a tener mil amigos que te invitan a asados y a fiestas como las que te muestran los avisos de Gancia. Creo que es la conjunción de esas cosas y seguramente otras más.
– ¿La relación con internet tiene algo que ver con cierta cuestión identitaria, de «pertenencia»?
-Sí, en el sentido de lo anterior: internet es un espacio de encuentro. Te dicen “Vení a mi aplicación a encontrarte con tus amigos”. Lo que pasa es que luego comercializan esos vínculos por medio de publicidades, sugerencias, grupos de pertenencia, marcas. En los orígenes del capitalismo una clase expropió las tierras para beneficio propio, luego conocimientos para venderlos (eso pasa aún hoy, por ejemplo con la industria farmacéutica que toma conocimientos milenarios para luego patentarlos y vender medicamentos) y muchas cosas más. Ahora transforma en mercancías nuestras amistades para vendérsela a los publicitarios que pagan por aparecer en ese espacio de encuentro con nuestros amigos. Nuestros vínculos emocionales ahora están sponsoreados y una parte de l dinero de esa torta publicitaria se va con las corporaciones.
-Hoy, aquella persona que no «está» en la web (ya sea FB, TW, blogs, etc), ¿»no existe»?
-Existe, pero pierde la posibilidad de tener más alcance, de viralizarse. Ojo: igual la ilusión de que porque algo está en internet todo el mundo se entera, no es cierta, obviamente. Hay más posibilidades de publicar, pero salvo excepciones, su repercusión su difusión y alcance están determinados por aparatos publicitarios y de distribución más o menos como ocurría antes. Hay centros que concentran el tráfico. La posibilidad de que se difundan otras cosas está, y a veces ocurre. Hay más herramientas, pero la desigualdad de posibilidades de distintos mensajes no se resolvió en absoluto. Aún así, que exista la posibilidad de filtrar otro tipo de informaciones es muy interesante.
– ¿Puede haber «libertad y control en la era digital» en tanto que, a nivel consumo, produce una gran adicción en un importante número de personas?
-El potencial de libertad está. Requiere conocimiento, uso responsable, políticas de Estado, educación, empresas con conciencia. Pero no suele ocurrir todo eso, al menos simultáneamente. El consumismo, generalmente acrítico es funcional al control. Hay gente que no se compraría una Ferrari para repartir pizzas aunque pudiera hacerlo, pero sí se compra un celular de $10.000 para usar el 10% de su potencia y perderlo en tres meses. De cualquier manera creo que estamos en un shock de novedades permanente. Igual la gente va sumando experiencia. Al principio no había tantas reglas para el uso de autos. Poco a poco se fueron regulando, se fue aprendiendo y aumentando el conocimiento. No sé si lo mismo ocurrirá con la tecnología digital, pero es probable que de apoco mejore la conciencia de lo que está en disputa.
– ¿Podes desarrollar el concepto de «El poder circula por la fibra óptica»?
-La información es poder. El conocimiento sobre el otro es poder. Y ese conocimiento circula en brutales cantidades en forma digital, es decir, a través de la fibra óptica. O sea que quien logre capitalizar ese flujo constante de datos tendrá más poder que otros. Por eso para países como los EE.UU. es tan importante controlar los grandes caños de internet, sobre todo los que circulan bajo los océanos.
–¿El caso Snowden marcó un momento bisagra con respecto al manejo de la información y la tecnología aplicada a la misma?
-Sí: puso sobre la mesa lo que muchos sabían o sospechaban y más todavía. Dio detalles concretos del nivel de control que existe sobre la red que en otro momento solo los más conspirativistas podrían haber imaginado. Assange lo decía con toda claridad, pero pocos lo escuchaban. Lo que él decía a mí me sonaba un poco paranoico y sin duda, exagerado. Pero la realidad era peor aún. Lo que pasa es que a nivel social esa información se licúa y los políticos no se animan a bajarse de un tren lanzado a toda velocidad que ni ellos controlan. Igual el impacto está presente, está sintiéndose en algunas decisiones de los Estados y de los usuarios. El tema es que el poder está también ahí: es mucho poder y mucho dinero. Es difícil enfrentarlos.
– ¿Cómo recibe la gente lo que decís respecto a los manejos que hay en internet, siendo ella parte misma de dichos manejos?
– Lamentablemente hay mucho de resignación. “Bueno, qué me importa que me espíen. Para lo que van a encontrar” dicen muchos. Y es cierto. Pero esas situaciones que aisladas pueden parecernos menos graves porque a cambio me dan un montón de herramientas útiles, cuando los llevas a la escala de un país o de una región, es más complicado. De alguna manera creo que los Estados están tomando conciencia de eso. Ya no es tan cool tener convenios con Google, FB o con Microsoft como hace 4 o 5 años. Algo de esa imagen juvenil, fresca y neutral, se perdió y no se va a recuperar. Las grandes corporaciones de internet ya empiezan a asociarse más a la imagen de corporaciones como Monsanto o McDonalds. No les va a ser fácil zafar de eso.
-Me parecía interesante probar con el financiamiento colectivo. El problema es que cuando llegué a ese punto estaba muy desgastado por algunos aspectos del proyecto y no me informé bien. Usé la plataforma idea.me que realmente te da muy poco, básicamente la plataforma, pero no te ayuda con difusión, y al mismo tiempo te cobra un porcentaje grande. Yo tuve buena prensa en radio, diarios, revistas y hasta la tele, pero las compras fueron sobre todo de amigos. En parte también fue así porque en Argentina no existe tanto el hábito de compra por internet ni de compra anticipada. O sea que es un poco como cuando una banda va 50 y 50 con un boliche para tocar, pero terminan viniendo los amigos. El boliche se queda con la mitad de la plata que ellos pagan para verte tocar. Hay que seguir buscando la vuelta. Ojo: hay gente que se le encontró con el proyecto o con la difusión. Yo no. Pero fue positivo para mí el aprendizaje.
– El nivel de «independencia» del libro permite que se lo pueda bajar gratis de la web, no?
– Creo que el mundo editorial se está dando cuenta de que si no prueba cosas nuevas se muere, al menos los medianos y los chicos. En ese sentido la editorial con la que había hablado y con la que finalmente salió entendieron que la licencia libre no atentaba contra el negocio (que en general es chico, casi simbólico para títulos como este), pero que el potencial era grande y que valía la pena probarlo.
-¿Cuando empezaste a trabajar en divulgación de la ciencia? ¿Por qué pasaste a la tecnología?
– Si por la puerta de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde das clases, entrase el pequeño Esteban Magnani que recién entraba al CBC, ¿qué le dirías? ¿Algún consejo? ¿Alguna recomendación?
– Le diría que está entrando a un mundo que no tiene idea de que existe, pero que lo va a transformar. Yo soy lo que soy en una muy gran medida, a causa de la carrera, de los docentes que disfrutaban enseñando y me abrieron la cabeza.