Vivir, percibir, sentir.
Dramaturgia: Guillaume Vincent. Traducción: Laura Pouso. Actúa: Cecilia Cósero. Diseño de vestuario y de escenografía: Gabriella Gerdelics. Redes Sociales: Nataly Aquino. Realización de vestuario: Titi Suárez. Diseño De Iluminación: Antonio Leaman. Diseño gráfico: Pablo Vega. Producción ejecutiva: Adriana Yasky. Dirección: Mateo Chiarino. Duración: 50 minutos
Itaca Complejo Teatral. Humahuaca 4027. Viernes, 20 h

Emilia es de esas personas que tienen la gran habilidad de poder relatar lo que les ocurre, con cierta distancia. No habla de si misma en tercera persona, pero no duda en visibilizar sus virtudes y sus defectos. Está en pareja con Fabián y tienen varios proyectos juntos. Igualmente, hay algo que será “el disparador” de toda la situación.
El texto de Guillaume Vincent se basa en diálogos que giran en torno a la vida de una Emilia que padece un trastorno bipolar. Por tal motivo, cada relato que hace es el devenir de una existencia que le dará muchas sorpresas. Lo que parece ser una fábula propia de una mujer joven que cuenta su vida, se va transformando en el diario de una persona que cuenta con precisos detalles su convivencia con la bipolaridad. Si a eso le sumamos el prejuicio que atraviesan estos diagnósticos, estamos frente a una puesta atrapante tanto por lo que ocurre arriba como abajo del escenario.
La temática de la salud mental no suele ser abordada con seriedad en el teatro. Queda solo en la «anécdota» o en la banalización de dicha patología en tanto un rasgo relacionado a la genialidad o la maldad. No es el caso que nos compete. Emilia toma el centro del banco de parque para iniciar su narración, siempre con un tono amable pero sin escatimar drama o dolor ante lo vivido. Desde ese lugar, se aleja de una victimización o condescendencia mal entendida que se disfraza de empatía. Esto es fundamental. Aquí hay una toma de conciencia sobre lo que ocurre y la lucha día a día por estar mejor, con todos los vaivenes que esto implica.
Por otra parte, también está el trato que reciben los pacientes. Pastillas, internaciones y ataduras para «paliar» la situación son descriptas con sutileza, pero sin quitar un ápice lo doloroso de la situación. De paso, da cuenta de esa estigmatización tan común –lamentablemente- a lo ocurrido mientras pone la lupa en las instituciones encargadas de “ayudar” a quienes lo necesitan. Si a esto, se le suma la recepción por parte de los espectadores, que lucharán con sus propios preconceptos, la reflexión -mal que le pese a muchos- está garantizada.
Las acciones se desarrollan sin prisa pero sin pausa. La contundencia de las palabras exige la seriedad que amerita lo tratado, pero sin perder su humanidad. La iluminación es acertada en la creación de climas mientras que el vestuario ubica a una Emilia en un tiempo tan familiar como reconocible. Los trenes pasan y serán aquellos que separen la crónica en sus distintos momentos. Quizás, el recurso se extiende en demasía, aunque no es relevante al “todo” que implica la puesta.
La Emilia creada por Cecilia Cósero es de calidad. Dota a su personaje de una buena cantidad de matices que se abre en sus padecimientos personales, pero también en tanto a su perspectiva de futuro. Desde un lugar de amor y comprensión, hay una búsqueda de tomar conciencia de la importancia de la salud mental en la sociedad. Este es un punto esencial en tanto podrá tomarse alguna que otra licencia que los puristas no entenderán, cortesía de su propia naturaleza.
“Encuentros en Constitución” es de ese tipo de puestas absolutamente necesarias que van más allá del hecho teatral. La reflexión apenas se apagan las luces y finalizan los calurosos aplausos, es donde se encontrará el mayor impacto en tanto la importancia de la salud mental en el marco de este siglo XXI que va en busca de la Edad Media, al atrasar años en las ideas que circulan hoy en día.
