Aguafuertes Porteñas: “Antonio y Cleopatra” en el Teatro Shakespeare en la Costanera Sur.

En Buenos Aires pasan cosas. A veces uno se entera por circunstancias relacionadas a su actividad o simplemente porque la casualidad metió la cola. De esta manera y con esta impronta, se relatarán historias y hechos varios dignos de mención.


Pocas veces he relatado una simple concurrencia al teatro pero esta vez fue una experiencia en el amplio sentido de la palabra. Con un combo muy simpático de gente, que incluía a actores y periodistas, nos dirigimos al Teatro Shakespeare con el colectivo 99 que tomamos en la zona de Floresta, de donde es oriundo el grupo mayor de concurrentes.

Lejos estaba de mí salir ese día debido a un fuerte ataque de alergia, el cual nunca se sabe si es tal o el principio de una gripe.
Con bastante fiebre y una ingesta de Ibuprofeno 600 que superaba lo ideal, me apersoné en la parada del noble transporte público, firme como un granadero, ante la amenaza de mis vecinos de concurrir al evento so pena de fuertes represalias contra mi persona. Al final, termino siendo una patriada.

El -denominado- Teatro Shakespeare no queda a la vuelta de casa y la llegada hasta el mismo larga. El colectivo nos dejó bastante lejos lo cual brindó mucha tela para cortar. Pareciera que solo puede acceder aquél que tenga auto y el que no, que Dios (Francisco I o la Todopoderosa Guía T –Edición 2013-) lo ayude.
Bajamos del 99 en Viamonte y Leandro N. Alem. Caminamos hasta Córdoba, para cruzar hacia la Avenida de los Italianos. Al llegar a la misma, buscamos la numeración del teatro, que es 751. Allí nos dimos con la buena nueva que no había numeración. Dijimos “Bueno…serán cuatro cuadras, como mucho”. El problema fue que el número era mayor. Caminamos siete cuadras bajo una oscuridad absoluta ya que no había iluminación de ningún tipo. No es exagerado decir que nos podría haber pasado cualquier cosa que nadie se hubiera enterado. A un hombre se le escapó un perrito que era negro y no lo podía ubicar por la falta de iluminación. La tan mentada “seguridad” perseguida por el gobierno macrista tenía una mancha enorme en esa zona de Capital (una de las tantas).

Finalmente, llegamos al Teatro Shakespeare. Preguntamos por nuestras acreditaciones y nos piden que esperemos un momento. De fondo, suena Coldplay. Está bien, cuadra con el lugar. Música linda, tranqui, nada estridente que perturbe oídos con letras o música de alto calibre.
Pasado un rato, nos saluda el mismísimo Patricio Orozco, director de la puesta “Antonio y Cleopatra”. Uno de los cumpas del grupo, le cuenta sobre las peripecias de nuestro periplo. Allí, Orozco -de quien no vamos a hacer ningún comentario relacionado con la canción de León Gieco- esboza una explicación poco entendible respecto a la seguridad y a la jurisdicción correspondiente a la Metropolitana, la Federal, Gendarmería, el FBI, Scotland Yard, Control o CiPol. Nos pide que aguardemos unos minutos porque vamos a ingresar por otro lado para tener mejor visión.
Después de un rato, nos ubicamos en unas gradas, al costado del escenario. Frente al mismo, el numeroso público contempla parado los acontecimientos que se desarrollan sobre tablas.
Suena Scissor Sisters. Sé que el detalle de la música resultará irrelevante para muchos pero lo hago notar porque Inglaterra, si algo ha tenido en los últimos cincuenta años, son bandas de excelente calibre. Beatles, Rolling Stones, Who, Kinks, Led Zeppelin, Oasis, Blur, The Clash, Sex Pistols, Pink Floyd y siguen los nombres. Por eso, que suene una banda norteamericana, con tan poco prestigio en comparación a las nombradas, es un signo de lo que se viene. O mejor dicho, la dirección va a tomar la obra. Ojo, tampoco esperábamos un “God save the queen” de los Pistols, ni nada por el estilo pero el clima discotequero y festivo (por no decir banal) de Scissor Sisters era para destacar.

Sube Patricio Orozco para dar unas palabras respecto de la obra. Hace mención a la sala de diseño isabelino que evoca al Globe Theatre y que ha sido construida especialmente para la ocasión. De esta manera, tanto los espectadores como los actores forman parte de la obra. La estructura envolvente de la sala le permite al público trasladarse y moverse de acuerdo a lo que desee.

¡Comienza la función!

El texto va desarrollándose de manera lenta, en un marco alejado a lo que uno espera de una obra de William Shakespeare. En “Macbeth”, la experiencia anterior de Orozco en el Teatro Dante, de La Boca, sin ser una maravilla -lejos estuvo de serlo- tuvo al menos la idea de desarrollar la acción entre el público. Las “brujas” saltaban de un lado al otro, por encima de la cabeza de la gente. Había un desarrollo ágil, dinámico y con una multimedia que jugaba con el guiño hacia Cristina Pérez (también protagonista de Macbeth) en su rol de periodista. La musicalización contaba con Manu Chao, AC/DC y los Rolling Stones cuyas canciones se relacionaban con lo que se veía.
En el caso de “Antonio y Cleopatra”, no se ve nada al respecto. Si bien se puede aducir que uno era un teatro cerrado y otro al aire libre, no se aprovecha el espacio a pesar de la existencia de recursos para llevar a cabo lo que se desee. Los efectos especiales tan mentados no son tales. En la batalla en el mar entre Marco Antonio y César será un movimiento de luces y un poco de agua que salpicará a algunos espectadores y nada más. Inclusive, en algunos momentos, la puesta se acerca a lo bizarro logrando su climax en un final en el que suena “Cleopatra, la reina del twist”, la inmortal canción de los Twist con la gente bailando como si fuera un cumpleaños de quince o un bar/bat mitzvá.
Al respecto, la musicalización se basa en números de baile con música de Madonna, que no enriquecen a la obra. Por el contrario, alargan su duración sin aportar mucho, salvo la destreza del cuerpo de baile.

La adaptación extremadamente libre que realiza Orozco tiene el gran problema de hacer un Shakespeare pasteurizado, al que, si bien es para un consumo estilo “fast food”, quiere hacerlo “en serio”. Aún sabiendo del clima de banalidad y liviandad que propone la obra (lo cual es una elección; que a uno le guste, es otra cosa), no termina de encauzarse en esa línea.
Por otra parte, las actuaciones no terminan de convencer. Diego Ramos muestra sus músculos pero los mismos deberían llevar a cabo una composición seria de un personaje más que interesante como Marco Antonio. Por su parte, Cristina Pérez le pone ganas a una Cleopatra de la que no se entiende porqué, al ser una muy buena locutora, haga una vocecita de “nena malcriada”. Hay muchos recursos para trazar el personaje de una diva caprichosa más allá de la voz. El resto del elenco, si bien cuenta con actores y actrices de renombre, no es convincente, salvo la hilaridad bien dosificada de El Mensajero, a cargo de Hernán Jimenez.

La gente aplaude y se retira después de presenciar el show. Aquí, empezaremos la discusión al respecto de por qué se destina dinero a este tipo de producciones y no a la gran cantidad de teatros independientes que, realmente, necesitan el apoyo para propuestas de una calidad muy superior a esta versión extremadamente light de Antonio y Cleopatra.
En otro orden de cosas, la composición del público y sus deseos llaman a la reflexión. ¿Va a ver “Antonio y Cleopatra” porque es gratis o por considerarla una obra de calidad? En el caso que sea la primera opción, le pediría al Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, que vaya y vea que hay una buena cantidad de obras de teatro de mayor nivel que merecerían ser vistas por una mayor cantidad de público en vez de la estudiantina de “Antonio y Cleopatra”. Eso si, Cultura tendría que “moverse” y ver lo que ocurre en la Ciudad, dejando la conciencia de “cultura como mercancía”, con la que tiñe casi todos los acontecimientos culturales que -dice- apoyar.
Otro interrogante es ¿Por qué no se presentó la obra –u otras- en el Anfiteatro de Mataderos o lugares no tan “céntricos” –por no decir turísticos-? Parques y plazas hay en toda la ciudad. Desde Parque Roca hasta Parque Saavedra, pasando por el Centenario que está tan lindo ahora, el Chacabuco o el mismo parque Rivadavia. ¿Acaso el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires considera a la cultura como un gasto y no como una inversión? La cultura es patrimonio de todos y no debería centralizarse en un lugar donde, oh casualidad, es casi menester contar con auto o moto para llegar.
Si fuera la segunda opción, entonces ¿por qué no se llenan las salas del Abasto, Palermo, Balvanera, San Telmo con excelente programación, si hay cuatrocientas personas viendo “Antonio y Cleopatra”?
Por otra parte, también está la idea de teatro como “mero entretenimiento” que, en este caso, es solo una puesta vacía y liviana, de vuelo subterráneo. A esto, debemos sumar la forma en que se apoya a este tipo de propuestas en detrimento de otras, y del teatro independiente en general. Tampoco olvidamos los problemas del Teatro San Martín que son de público conocimiento o la forma en que se alquilan salas públicas a producciones privadas.

Retornamos a Floresta, debatiendo respecto de estos temas entre los integrantes del grupete que vivimos esta experiencia. Opiniones para todos los gustos nos hacen caminar y llegar hasta la esquina del Cabildo. Allí, un desorientado turista japonés le preguntaba a dos policías como hacer para ir a Ezeiza. Decidimos terminar ese diálogo que linda lo bizarro y acompañamos a Tomoki Ishikawa (tal su nombre completo) a la parada del 8, cartel Aeropuerto. Le dimos $ 10 en monedas para el boleto. Dijo que iba a pasar la noche en el aeropuerto y después se tomaría un vuelo cuyo destino final, tras varias combinaciones, será Tokio.

El Grupo de Floresta se retira a sus aposentos con la promesa de volver a surcar, en barra, acontecimientos teatrales de diversa índole. ¿Lo hará?

Antonio y Cleopatra

De William Shakespeare. Con Diego Ramos, Cristina Pérez, Sebastián Pajoni, Miguel Di Lemme, Celeste García Satur, Hernán Jimenez, Gonzalo Jordán, Florencio Laborda y Ariadna Asturzzi, Bailarines: Laura Gerolimetti, Natalia Isaia, Ana Laura López, Matías Pashen, Verónica Peskin, Emiliano Pialvarez, Carlos Segura, Gisela Sotto, Nicolás Villalba. Vestuario: Veronica De la Canal. Escenografía: Rosa Cohen. Peinados: Leo Cosenza. Diseño de luces y sonido: Manuel Burak. Utilero y Asesoramiento histórico: Gonzalo Vicente. Producción: Próspero Producciones. Coreografía: Vanesa Garcia Millan. Dirección: Patricio Orozco.

0 comentarios en “Aguafuertes Porteñas: “Antonio y Cleopatra” en el Teatro Shakespeare en la Costanera Sur.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Translate »
Scroll al inicio