Este año hay documentales de gran valor. Dos de los cuales los presentamos a continuación.
Agua que no has de beber…

De manera pausada –pero sin ser lenta-, Kowalski busca registrar imágenes de la compañía (que no es Chevron ya que terceriza gran cantidad de sus acciones en compañías locales –después se quejan que Chevron no da trabajo…..-) pero lo “invitan a retirarse” para que desista de su propósito. A partir de allí, va tierras adentro a retratar la vida de en esos pueblos afectados por el progreso. Es elocuente ver como algunas lagunas terminan siendo el cementerio de abejas o como dejó de crecer la vegetación.
La forma en que Kowalski filma es de gran poesía en tanto sus planos toman las emociones de los pueblerinos que ven como su ciudad recibe a la modernidad de la peor manera. Asi como los habitantes se reflejan en sus mínimos detalles, Chevron nunca aparece sino como “un monstruo grande que pisa fuerte”. Lo peor en este caso es que los únicos que aparecen del lado de Chevron –o que la corporiza o visibiliza- es por medio de los conductores de camiones o tractores que fumigan el suelo. Al respecto, uno de los conductores de un tractor, que deja un suelo completamente envenenado, al ser consultado sobre si es consciente de lo que hace, responde con evasivas y lo que es peor, sin importarle la consecuencia de sus actos.
El momento clave es cuando los habitantes del pueblo se reúnen con un representante de Chevron (un norteamericano que cuenta con un polaco de traductor –que imagen horrible referida a la explotación, no?) y una mujer que estaría en representación del Gobierno polaco. El debate es imperdible tanto en lo que se dice como en lo que se omite, sin perder de línea, cuestiones subrepticias sobre los derechos del hombre, la libertad del individuo y el límite del capitalismo.
Imperdible por donde se la mire, “Holy farm, holy war” pone un coto a lo que se llama hoy en día, “el progreso”, en detrimento del medio ambiente.

Robert Reich, quien fuera secretario de trabajo de Bill Clinton, explica los motivos por los cuales la debacle económica norteamericana en la primera del siglo XXI. Pero lo hace no solo desde la fría perspectiva de los números sino que toma ejemplos e historias de gente que vive y sufre las consecuencias de las teorías neoliberales. La globalización, la caída del empleo, la función del Estado, y la nula cooperación de las empresas y corporaciones en pos del bienestar general –sin olvidar a los medios de comunicación-, son tratados con seriedad pero con un férreo deseo de que se conozca aquello que los grandes popes de la economía ocultan.
Reich explica como un profesor en sus conocimientos pero con dinamismo, sin caer en densas argumentaciones que llaman más al sueño que a la reflexión. Con gráficos y muestras de la realidad, no exentas de humor y complicidad, da cuenta de la forma en que se terminó (¿o acaso continúa?) la recesión y crisis de la primera potencia mundial, con críticas y también cierta autocrítica, pero siempre tomando en consideración a la mayoría de la población. Al respecto, la refutación que hace sobre a la negativa de pagar más impuestos por parte de los “ricos” en televisión al decir “¿Cómo se le va a cobrar más impuestos a quienes generan empleos?”. Tanto desde un aula como desde material de archivo, Reich argumenta a partir de su propia experiencia como funcionario pero también como docente, con varios libros publicados, antes de ser convocado por Bill Clinton.
Por otra parte, el propio histrionismo de Reich contribuye a la dinámica del documental con sus humoradas hacia su propio tamaño o a su “comunismo” como sus ingeniosas salidas y preguntas. De esta manera aparece en los programas de Jay Leno o Conan O’Brian pero sin quitarle seriedad a lo que dice.
La bolsa de comercio, Wall Street, las manifestaciones en contra de los ajustes de los últimos años y el destino de los flujos de capitales aparecen como otro punto a discutir. Las hipotecas, el descontento de la gente y el papel de la mujer en el mercado laboral también tomados en consideración asi como se desliza, pero de manera muy subrepticia, el papel de los medios en la comunicación de lo que estaba ocurriendo.
Más allá del final un tanto «hollywoodense», “Inequality for all” es un documental que debería ser visto y debatido en todos los lugares posibles. Desde escuelas hasta centros culturales ya que permite abrir el debate con respecto a cuestiones que afectan, en un punto, el “día a día” en la vida de las personas. También le quitaría la careta a unos cuantos gurúes que aparecen predicando por la televisión, con recetas que, a la postre, terminaron fracasando estrepitosamente.