
La pandemia, al día de hoy, sigue siendo ese fantasma del cual casi nadie quiere hablar. Más aún, cuando sus consecuencias son tan palpables en todos los ámbitos de la vida…aunque muchos se hagan los distraídos al respecto.
Por tal motivo, cuando se edita un libro como el de Jorge Zima, es para tomarlo con el corazón y el cerebro, en tanto la profundidad de su pluma. En “Restos diurnos”, Zima recrea lo que fue su momento de encierro en medio del confinamiento del Covid. Pero lo hace a partir de la sensibilidad no exenta de un análisis no sesudo pero, no por eso, menos serio.
Con textos tan poéticos como reconocibles, se establece ese diálogo invisible y enriquecedor con el lector. Será éste quien le devuelva la pelota redonda a Zima en la construcción de sentido que se lleva a cabo desde cada una de las palabras. Logra algo que muy pocos escritores obtienen: partir de su propia mirada para mixturarse con la del lector, no desde quien detenta el saber sino desde el compartir vivencias. Esto, a corazón abierto. “Estoy dejando de ver el mérito en mi perseverancia”.
La escritura amena y elocuente de Zima invita a recordar y atravesar ese crack que fue la pandemia pero con amabilidad, sin quitarle un ápice de seriedad a lo acontecido. Es una introspección que abre su corazón para compartir tristezas y alegrías, en un contexto de aislamiento con futuro incierto. No carga las tintas más allá de lo necesario, sabiendo de antemano que el hecho es lo suficientemente fuerte como para recargarlo aún más. “Colocar ropa sucia en el lavarropas y ponerlo en funcionamiento (rápido – 28 min), me deja un poco más tranquilo. Al menos sé que algo está en marcha”.
Es aquí donde reside el gran valor de la propuesta de Zima. Habla de un acontecimiento histórico, que atravesó a casi toda la humanidad pero lo hace desde un lugar personal y despojado. Esto permite el análisis de esa coyuntura –con el recorte pertinente de las particularidades del autor- por demás preciso y sensible, lejos de la frialdad de los números y las estadísticas. No hay guarismos que puedan medir el nivel de tristeza o depresión en el que ha caído gran cantidad de personas. “De pronto puedo entender a aquellos que se pierden en el alcohol, las drogas, el sexo o el trabajo. Es muy difícil soportar la angustia de la existencia, sobre todo si uno tenía otras expectativas”.
Hay guiños a la música como las citas a Chico César o Leonard Cohen, que brindan “un aire” en la cadencia de las palabras puestas en papel. Denota también que ese encierro brindó algún tipo de apertura para realizar una actividad que enriquezca el espíritu dada las circunstancias extraordinarias.
Párrafo aparte para las ilustraciones realizadas por el propio Zima, A simple vista, se aprecia la frescura en el trazo. El carácter artesanal de su concepción certifica esa proximidad que hemos destacado en esta crónica. La seriedad de un testimonio de primera mano que refleja el hecho histórico sin caer en la solemnidad del número o del dato.
“Restos diurnos” es de esos libros que permiten una lectura a corazón abierto, con la mente bien dispuesta al intercambio. Por eso, no será extraño que se lea más de una vez, se lo subraye e interrogue. En ese ida y vuelta, se produce ese regocijo tan personal como es el del diálogo íntimo, sin concesiones, en el que nos permitimos ser como realmente somos.
“Restos diurnos” de Jorge Zima. (Ed. De los cuatros vientos).
