Victoria Roland: “Lo que importa es estar conectado con tu deseo”

“Creadora escénica” de acuerdo a sus propias palabras, siempre está con proyectos que dan cuenta de su talento y su curiosidad artística. En este 2026, presentó la inquietante “La Mayor”, sobre textos de Juan José Saer y continúa con ese excelente recorrido que se llama “Una obra más real que la del mundo” en el Cementerio de Chacarita. Victoria Roland se abre a una charla sincera sobre su forma de concebir el teatro.

Fotos: Cecilia Inés Villarreal

– Victoria, ¿en qué lugar te ubicas como artista en relación con la experimentación?

– Hoy y siempre creí que mi camino es la experimentación de lenguajes escénicos. Pensar todo el tiempo qué podría hacer el teatro y no hacer teatro solamente. Es estar pensando hacia dónde el teatro podría ir. Qué fronteras se podrían correr o qué territorios, descubrir. Eso siempre implica un riesgo ineludible pero que lo asumo con mucha naturalidad. Es lo que es. Si hay gente que se va en medio de la obra, me parece perfecto.

– Estas rompiendo con esa quizás malentendida ceremonia de “me quedo por más que no me guste”.

– Tal cual. Me parece que está bueno bancársela. Yo misma me lo propongo, como decir “está todo bien”. No es que me pongo mal cuando la gente se levanta y se va, si es que esto pasa. El teatro está lleno de convenciones y particularmente, nuestra compañía, La Mujer Mutante tiene un proyecto estético y poético que todo el tiempo está pensando la experiencia escénica teatral y qué podría ser. O sea, hasta dónde se podría ir y qué cosas nos automatizan y nos dejan en un lugar que ya conocemos; a qué lugares podríamos ir a repensar el fenómeno. Me gustan los experimentos que no sabes cómo van a salir y que son medio imposibles también.

– Qué bueno lo que decís. Un soplo de aire de aire fresco en una escena que me da la impresión que cuenta con demasiada obra “correcta”, en tanto que está bien y, al terminar, decís “nos vamos a comer pizza”.

– Sí, puede ser…Entiendo lo que decís en el sentido que hay muchas obras que son repeticiones de otras. Esto pasa en el teatro, y en todas las artes, pero hay épocas y épocas. La otra vez fui a ver la muestra de Fernanda Laguna en el Malba y me emocionó muchísimo por esa capacidad de decir. Estamos en un momento en que se instaló mucho la queja, el padecer y el lamento por lo que perdimos. La otra vez escuchaba a alguien que decía “pero es nuestra época” cuando decís “la época” como si fuera otra y la ves a Fernanda Laguna haciendo arte con basura sin importarle en qué categoría entraba, siendo editora de una editorial independiente. Me pasa eso. No me importa que no se entienda qué categoría entra la obra que hago. Eso está bueno y es parte de la idea.

Queremos tanto a Saer

– “La Mayor” sería la cuarta obra de “La mujer mutante”, ¿no?

– Sí.

– ¿Cómo fue concebirla”

– Parte de que Juan (N de R: Coulasso, director y dramaturgo fundador de “La mujer mutante”) y yo somos fanáticos de Saer. Siempre compartimos eso ¿Viste que hay una especie de cofradía saeriana?

– Si si. Gente especial.

– Exacto. Gente especial. (risas). Además, sabes cómo entras -o no- y los que entramos estamos atrapados en esa droga dura que es Saer. Es medio loco todo y una experiencia performática leerlo. Para mi, nos está diciendo qué podría hacer la literatura. Por eso, tiene mucho sentido tomar un material que se pregunta hasta dónde podría llegar la literatura y también, hasta dónde, la escena. Me gusta pensar esos paralelismos con los materiales. Pero bueno, la cuestión es que hablando de otros proyectos que estábamos haciendo, recordamos a “La mayor”, un texto que no se puede creer. ¡Una locura! Un día, lo leí entero en casa, lo grabé en el celu y se lo mandé a Juan, que lo escuchó mientras andaba en bici. Me dijo “Hay que hacerlo” aunque nunca sabemos qué significa esto. Es una cosa que no sabes y decís. «Acá hay algo, hay un impulso”. Fue parecido a lo que me pasó cuando hice “Beya durmiente”. Me acuerdo que la leí y dije “Lo tengo que hacer”. Por varios años no sabía qué tenía que hacer ni cómo.

– Es como si escucharas un llamado de…algo.

– Sí. En ese llamado terminamos partiendo de muchas experiencias que habíamos hecho juntos o por separados. Tenía que ser una experiencia sonora, sensorial y perceptiva, que es una de nuestras obsesiones. El poder hacer viajes perceptivos.

– ¡Lo logran!

– Tenía que ser un viaje sonoro. Ahí pensamos en Guillermina Etkin inmediatamente y en la posibilidad de multiplicar esa voz y amplificar el sonido de ese texto. Después, apareció esta idea de que fuera un ritual sobre la lectura en sí misma. Me parece importante esto hoy, en una época tan chata, que celebra la brutalidad, la crueldad y el reírse y burlarse del conocimiento y el estudio.

– Hay un aura de lectura muy fuerte y la gente se mete en ese viaje lecto-sensorial.

– Sí, es cierto. En un momento, dudábamos. Algunos textos ya los sé un poco de memoria por la acumulación. Tengo que estar entre mi papel y afuera, que es como es un poco la gimnasia de la obra, Nos dimos cuenta que tenía que estar el texto, que había que leerlo, y no decirlo, porque tiene algo arcaico, así como muy experimental. Hay algo muy primario que es la tensión entre estos dos aspectos, algo vanguardista al tiempo que hiperprimario, como que tu mamá te lea un cuento a la noche o estar alrededor de un fogón y que alguien cuente una historia.

Por otra parte, la lectura silenciosa es algo que hoy es habitual, pero en la historia de la lectura y la escritura no ha sido así. Es muy maravilloso restituirle la voz y el cuerpo al texto. Es volver público algo que íntimo, porque hoy la lectura está muy asociada a estar en la cama leyendo un libro.

– O estudiar inclusive.

– Sí, pero como una cosa tuya con el texto. Tuvimos la fortuna de hacer un “work in progress” en Santa Fé y que nos viniese a ver Juan José Becerra, que es un escritorazo. Nos decía que, para él, era como escuchar el sonido cuando lees en voz baja, qué voces escuchas. Le hizo preguntarse por «esas voces que se escuchan en tu cabeza, en tu intimidad. Ahí hay una pregunta, en tanto cada libro con cada persona es único. La lectura tiene eso que es experiencia única por persona».

– ¿Hubo mucho tijeretazo al texto?

– Su, porque si no sería imposible. De hecho, este año volvimos a cortarlo. Nos costaban algunas tijeras, pero bueno, era para lograr que la gente pueda quedarse y seguirlo. De hecho, así como está, es exigente.

– Está bueno que sea exigente. ¿Cómo cranearon la disposición de las sillas en el espacio?

– Uy, lo pensamos muchísimo. En un momento también pensábamos que podía ser con la gente tirada en el piso, como si fuera la escucha de un disco. Esto da cuenta de una necesidad de escucha, otra variable de nuestras vidas totalmente saturadas visualmente. En ese sentido, vengo investigando mucho lo sonoro y la escucha como sentido que puede pasar a ser más protagonista que la visión en un mundo que la tenemos sobreestimulada. n un punto, también secuestrada por los celulares y demás. Bueno, la pantalla es unívoca, muy hegemónica.

En cambio, el sonido tiene esa cosa que es el viaje. Te entra por cualquier lado ya que es muy difícil de controlar en tanto no podés cerrar los oídos prácticamente. Se mete adentro tuyo y te lleva. Hay algo erótico del sonido que me parece fascinante ya que rompe con lo binario. O sea, es una extensión de mi cuerpo que entra dentro del tuyo. También tiene algo fantasmagórico porque puede traer voces de otros tiempos y otros mundos. Es cuando aparece la imaginación aunque te diría que estamos en una época en que está en crisis.

– Cada espectador hace su propia puesta dentro suyo. En relación con las sillas, el público debería moverse para ver quien está recitando o tocando.

– Claro. Es decirle a los espectadores u oyentes que acá no hay centro. El oído es importante y no trates de quedarte conservadoramente con un punto de vista. Dejá que el sonido venga de donde te sea, porque te va a pasar algo distinto. Capáz que la tenés a Guille al lado o soy yo la que está leyendo cerca tuyo y no te diste cuenta. Te diste vuelta, me miraste y también podes no mirarme. Eso es muy antiteatral.

– Exactamente.

– Ahí es donde está el experimento border de que no me mirás y está bien, pero después tenés ganas de mirarme y también está bien. En un momento habíamos pensado que no nos vean nunca. A mi parecía mejor que estén las dos opciones en tanto te da otra libertad, menos condicionamiento y la capacidad de voz que vos decías, de hacer vos tu propia peli.

También teníamos otra imagen que era Saer, que está en todo el texto, orbitando entre lo cotidiano y la galaxia, el universo. Bueno, su literatura, un poco, lo hace. Él va, por una escalera de la cocina hacia el cuartito donde escribe y la terraza, donde aparece el universo y el cosmos, que es una cosa maravillosa. Desde ese lugar, la puesta emula un cosmos, porque estamos orbitando alrededor del público como planetas, estrellas fugaces.

– Encima los ayuda que hay una ventana.

– Eso, ni hablar. Otra cosa hermosa es que lo hicimos pensando para ese espacio que, además, se llama “Espacio infinito”. Más apropiado, imposible. La ciudad está toda alrededor, llena de techos y terrazas. Entra todo lo que se habla, incluso los ruidos. Muy a lo Cage. Está buenísimo que estén las bocinas, los colectivos. Todo eso arma esta constelación que queríamos desplegar.

¡Música, maestras!

– ¿Por qué eligieron bajo, esa máquina de sonido, el sintetizador, los toques de Miles de la última época? Hay una concepción sonora importantísima, excelente. Son como apotillas que van tirando. ¿Cómo surgió todo eso?

– Mucho de eso se encargó Guille que es la compositora musical. Primero, apareció el piano con la “Sonata en La mayor”, de Schubert. La fuimos a buscar porque hay una hipótesis de que el texto quizás pueda referir el título a la nota.  Ahí apareció el piano. Además, estaba bueno también traer una pieza clásica que volviera a aparecer una y otra vez. Algo más épico. Después aparece Cage, que es todo lo contrario. La ruptura y la repetición es algo que también hace Saer, desde un aspecto muy beckettiano. Los sintetizadores brindan este flash más cósmico. La voz de Guille, ni hablar y la distorsión de las voces también es otro elemento importantísimo.

– Justo te iba a preguntar por la distorsión y tu voz en particular, ¿cómo la trabajaste?

– En realidad Azul está en vivo haciendo esas ediciones. Me pone y me saca reverb, delays, en distintos momentos. Tenemos distintos micrófonos. Además, hay como una coreografía muy compleja de micrófonos. Algunos están sin efectos y otros los tienen y se van moviendo por la sala. Para nosotros, era importante esa coreografía. Cuando la encontramos fue algo importante para toda la dinámica. Siempre con esa idea de que la voz se multiplica, se desvía, se va a la mierda, se desdobla. Por supuesto una idea cero representativa del texto, ¿no?

– Eso, seguro.

– Sí, El sonido te lleva a ese lugar de la imaginación que no es el de reponer visualmente lo que estamos leyendo y escuchando.

Después, apareció la trompeta que, para nosotros, era la ciudad. Como que nos faltaba un elemento. En el “work in progress” no estaba. Cuando entró la trompeta, que tiene ese flash, ese viaje que parece por momentos, la calle y el humo de la noche.

– Hay un giro tanto con Miles Davis y Tom Waits, por ejemplo.

– Sí, total, porque además Saer tiene una especie de ensoñación con la ciudad como un personaje. ¿Qué significa estar vivo en una ciudad llena de gente alrededor que cada uno tiene su pequeño mundo? Bueno, es un texto existencial, ¿no?

– ¿Qué te dice la gente cuando termina la función?

– Usan mucho la palabra “viaje”, lo cual me gusta. Más que nada porque es uno de los proyectos estéticos de La Mujer Mutante, el llevarte de viaje. En algunos casos lo hemos hecho hasta muy literalmente, en el Cementerio de Chacarita, llevándote a las catacumbas, con “Una obra más real que la del mundo”. En “Algunas notas para inventar otros mundos” vamos a los bordes de la ciudad. Siempre está la idea de irte de viaje.

Después no sé. Hay cosas que me fascinan porque el Borges es gratis y de pronto va gente que llega…La otra vez, había una señora muy elegante que nos dijo que había intentado leer el texto muchas veces y que nunca lo había podido terminar. Se fue fascinada porque lo había conseguido con nosotros. Obviamente, era fanática de Saer. Los que ya conocen su obra tienen un flash particular porque es como un gran homenaje, en definitiva. Una señora grande con la cabeza tan abierta para estar gozando de la sintaxis. Un placer. A veces, uno también tiene prejuicios con lo experimental, como que es para poca gente o no sé qué. Pero, también depende, ¿viste? Hay gente que pronto entra.

Detrás de la escena

– ¿Por qué se hace tan poco Saer? Me acuerdo el que hizo Irina Alonso en Querida Elena, que era maravilloso y después, nada.

– Hay una idea que es ultra literario, lo cual, es real. También está esta idea representativa de lo teatral. Si lo pensás a nivel versión representativa de un texto, no te entra Saer ahí. Quizás alguno de sus textos serían más plausibles de ser representables. En cambio, aquellos donde Saer explora más esta prosa poética delirada, piden otro tipo de propuesta. Es lo que nosotros tratamos de hacer. A esta literatura de Saer le importa muy poco el argumento y la trama. Lo importante no es eso, con lo cual coincido. Me gusta pensar lo interdisciplinario con la literatura más que hacer textos de una manera tradicional. Pensar que puede haber una interdisciplinariedad como el diálogo de la literatura con la escena. Esta sería otra cosa que me interesa investigar. Algo que también pasó en “Beya”.

– Bueno, justo te iba a preguntar al respecto. ¿En “Beya” dirigiste?

– Sí.

– En “Beya durmiente -DJ Beya” estabas laburando con Carla Crespo y acá, con Guillermina Etkin. ¿Podes relacionar cómo fue trabajar ambos textos y su vínculo con la música?

– Por supuesto. Ambos son un recorrido. Siempre digo que “El mundo es más fuerte que yo” fue un portal de todas las obras por venir. Ahí ya aparecía la idea de que yo dialogaba con una batería y no con un personaje. Hay un corrimiento ahí. En “Beya” todo este trabajo de performear un texto, hacer algo con un texto y no hacer un texto, fue muy fuerte. Fue toda una revelación para mí y para Carla. Lo hicimos juntas y flipamos con esa combinación. La posibilidad de unir cosas que uno dice, «¿Cómo unimos un show con DJ con una novela sobre la trata?». Volvemos de vuelta, son experimentos. Creo que la pauta para saber que es un experimento radical es cuando vos decís «Es imposible de hacer”.

– Genial. Empezamos desde lo imposible.

– Exacto. Creo que “lo imposible” es un gran motor porque te fuerza a hacer. En ese caso Carla tuvo que entrenar unas habilidades que nos sorprendieron a todos, incluida a mí. En primera instancia, Carla tuvo que desdoblarse para ser DJ; en este caso, en “La mayor”, tuve que entrenar un nivel de concentración medio radical y extremo para estar ahí leyendo palabra por palabra.

Por otra parte, son trabajos que parten también por un amor particular que tengo por las palabras. Es así. Te diría que es como una devoción.

– ¿En algún momento va a volver “Beya durmiente”?

– Ojalá, nos gustaría. También siento que es una obra muy oscura, muy densa. A veces me pregunto si en este momento que estamos viviendo cosas tan difíciles, sería soportable de ver, ¿viste? Es compleja de hacer a nivel más producción y estamos como sabrás en un momento complicadísimo.  Igual, va a volver en algún momento. La tenemos ahí. Hay que esperar la oportunidad para que sea. Hoy, el hacer es heroico.

Performance y recuerdos.  

– ¿Crees que hay un prejuicio con la palabra “performance”?

– Bueno, tal vez hay una saturación. Lo más interesante de la palabra “performance”, como yo la vivo, es como una habilitación a correr límites. Si querés definir a la performance se te escapa muchísimo y eso está bueno de la palabra. Me parece que amplía el concepto de lo teatral porque además, la performance opera en otras esferas como lo político, lo social. Entonces, está bueno como habilitación. Como a decir, «Che, el teatro en su pequeño nichito”. A mí me aburre el teatro en su pequeño nichito y necesito como expandir el campo.

– “El mundo…” la hiciste enseguida de “Querido Ibsen, soy Nora”?

– Fue un par de años después…

– ¿Cómo recordás a “Querido Ibsen”?

– Fantástico, esa obra la dirigió Silvio Lang y Alina Folini era la coreógrafa. Bueno, son cosas que pasan a veces, que hay como una iluminación, una intuición en tanto es “algo que hay que hacer”. No se entiende por qué y se hace. Tenía algo clasicista y algo rupturista a la vez. Muy raro y difícil de lograr. Silvio y y Alina se entendieron muy bien en el lenguaje físico, el trabajo con el piano distorsionado y el texto de Ibsen que aparecía totalmente la actuación de Belén Blanco que era espectacular. Fue una cosa muy loca, no era binaria, lo cual me interesaba mucho.

– Sabes que la vi dos veces. Primero, cuando la estrenaron en el San Martín, y después en Hasta Trilce. Me pareció interesantísimo todo….como los desplazamientos…

– Si. Era como un ballet. Tenía muchas dimensiones lo cual también era una de las características de la obra. Había mucha actuación, coreografía; había mucho expresionismo por momentos.

– Por eso te preguntaba si al poco tiempo salías con “El mundo…” y ahí empezamos otra historieta diferente.

– Sí. “El mundo…”, lo tomé como una especie de manifiesto personal mío y de Juan. Lo vivía así. Tenía mucha necesidad, por eso fue un portal de cuál sería el teatro que quisiera hacer. Fue preguntármelo con mucha fuerza. De hecho, empezó con algo medio loco que decimos siempre que fue una idea que partió de una crisis nuestra con el teatro. “¿Qué hacemos ahora?”, “¿Qué se podría hacer?”. Como si rompieras un juguete para ver de qué está hecho. Y terminó siendo un homenaje al teatro, te diría. Es como una vuelta a esos lugares paradojales de querer romper y, a la vez, hacerle “una oda a…”.  Decíamos mucho con Juan que esta obra tenía que ser “una máquina de producir vida”, como una experiencia muy vital. Cuando la hago, estoy en otro estado, no sé cómo decirte. La hicimos en el Konex y queda buenísima.

– La vi en Roseti. Todavía recuerdo el pasillo, la salida..,

– En el Konex es otra obra. Gana potencia en la espectacularidad. Crecen mucho performáticamente a lo largo del tiempo. Lo mismo que “La mayor”. Son obras con una orfebrería muy fina a nivel performático. Cuando se estrenan y pasan los años es como un vino macerado. Me fascina ver ese proceso también porque es muy impactante lo que pasa en los cuerpos. El haber transitado esa experiencia en el tiempo.

Más allá del teatro.

– Hoy por hoy, ¿sentís que el teatro está un poco conservador?

– Sí, siempre lo siento un poco conservador pero creo que hoy hay poco ímpetu, como si hubiese un agotamiento general de la cultura. Es más profundo todavía, de lo humano. La experimentación o la ruptura, la búsqueda es un gesto de pura vitalidad. Es, en ese sentido, muy opuesto a esta época de especulación y cálculo. Hoy es la norma. De hecho, lo que nos están pidiendo es que pensemos todo el tiempo en la guita y en cómo hacerla.

– Que nosotros mismos seamos una especie de Mercado Libre.

– Si, y la verdad es que este tipo de experiencias van por lo puramente gratuito, lo “improductivo”. No tiene forma de corroborar qué va a pasar. Son valores que son contraculturales en realidad. Igualmente, siempre hay algo por descubrir en Buenos Aires. Lo seguimos teniendo por más que lo quieran destruir como está pasando ahora. Buenos Aires tiene profusión de talleres literarios de teatro. De hecho, coordino y soy docente desde hace muchos años. Tengo el refugio de mis clases, mis alumnos, donde trato de transmitir todo esto que estamos hablando. Quien viene a mis clases, viene a buscar también esto, ¿no? Con los años veo qué difícil es tener esa fuerza que trato de transmitir. Esa fuerza de curiosidad, de experimentación.

– Al respecto, ¿cambiaron los alumnos que van a tus clases en sus búsquedas?

– Mirá, tengo la suerte que, cada vez han llegado alumnos más afines. Tengo una propuesta que llama “Hacer cosas con palabras” que justamente tiene que ver con esta obsesión mía por los textos, las palabras y de desarmar categorías. Siempre tuve mucha rebeldía en relación a este concepto de “teatro físico” y “teatro de texto”. Trato de que mis obras no sean ni una ni la otra. Pienso que eso es una gran trampa de esas categorías. Hace muchos años tratando de inventar eso que, para mí, también es otro valor que tengo, que es la invención escénica. Si no, no me divertiría a hacer esto.

– Te preguntaba porque hablando con actores y actrices que también son docentes, me cuentan que, con el paso del tiempo vienen alumnos buscando otra cosa. “Dame un método para actuar” o “cinco tips para…”

– Ésta es la época de eso. Le esquivo a todo eso. Acá no vas a encontrar eso. De hecho, mis clases no tienen nada al respecto. Es un fracaso si llegás buscando eso. (risas).  Soy muy clara en eso. Creo que nos han robado con la inmediatez el “deseo esto y lo voy a buscar”.

Ayer justo cerrábamos un seminario y hablábamos de esto. El deseo tiene que ver también con el fracaso total. Si vos no estás dispuesto a fracasar, a aburrirte, a estar en el vacío, no van a aparecer esas cosas reveladoras transformadoras. De hecho, se agota todo el tiempo ese deseo superficial que ya se cumplió y ahora debo tener otro. Estamos muy en esa ahora, ¿viste? Me da pena, sobre todo por los jóvenes que están en la edad en que la vida te da la fuerza para ir en contra de eso. Hay que creer que no todos los jóvenes van a ser de derecha ni caer en ese lugar.

– Ojalá. Además, con respecto a nuestras generaciones, tienen todo aquello que nosotros, para tenerlo, debíamos hacer prácticamente una búsqueda arqueológica. Lo tienen ahí.

– Exacto. Ver cómo pueden ser ellos más “creativos” o más “artistas” con esto que está pasando. Ls cosas pasan tan rápido que hay poco tiempo de procesar. Es tan abrumador todo.

– ¿Te sorprende que, al día de hoy, gente del arte y la cultura, siga apoyando este modelo en el cual prácticamente es un asesinato de la cultura?

– No, pero me entristece muchísimo. ¿Qué decirte? Me entristece sobre todo porque es como la banalidad del mal. Es el que dijo “lo voté porque no iba a hacer lo que dijo que iba a hacer”. El poco valor de la palabra en tanto se pueda decir cualquier cosa y que no sea tan barato, ¿no? Es muy inquietante lo que está pasando. Me resulta muy perturbador y difícil de descifrar esa idea.

– También está el que dice “El arte es el arte, yo no me meto porque la política va por otro lado”.

– Es nefasto y por supuesto completamente falso. La política crea cultura. Este gobierno está proponiendo un mundo horrible, que aniquila la vida. Fijate lo que pasa con el agua y lo que quiere. ¿Crees que le va a importar el cine, el teatro y la diversidad básicamente? Postula una uniformidad cuando el arte es diversidad. Me parece no solo de una canallada tremenda, sino que es propio de una persona ignorante pensar eso.

– Las últimas. Te doy un formulario y dice, «ocupación». ¿Qué pones?

– Últimamente me identifico más con “creadora escénica” que con actriz o directora. En mis últimos tiempos la actuación, la escritura y la dirección están todo el tiempo entrelazadas y es medio indiscernible. En mis últimos proyectos ha sido así y me gusta mucho que sea así. Nunca me identifiqué con el lugar de la actriz “clásica”. De hecho, nunca me gustó la palabra “intérprete” porque siempre sentí que era como estar en función de otros. Estaba incómoda hasta, como te decía, hice “El mundo es más fuerte que yo”. Ahí empecé a encontrar un lugar donde decía mis propios textos, actuaba algo que había creado con otros. A partir de ahí me fue muy difícil volver a otro lugar de la actuación como una piecita más en función de otras cosas.

– Si no eras creadora escénica, ¿qué hubiera sido de tu vida?

– Escritora. Ahora quiero ser escritora. Cuando sea grande quiero ser escritora (risas). Tengo un proyecto de novela, pero no quiero decir nada. Ahora escribí un texto para dirigir en el Teatro La Ribera, que se va a estrenar en la segunda mitad del año. Es un proyecto de La Mujer Mutante. Escribimos el texto con Leonardo Sabatella, un escritor de narrativa. Seguimos con nuestra cruza de lenguajes.

– Ahora sí la última, si por la puerta de este bar, apareciese la Victoria de 18 años. ¿Qué le dirías a esa joven? ¿Consejo, recomendación?

– Calma y fe en el deseo. Calma porque si tenés fe en el deseo El deseo es lo más importante. Pasa ahora que nos quieren imponer y, a la vez, anular el deseo. “Tenés que desear esto”. El deseo para mí es algo freak. Tu propio deseo, si te atreves a escucharlo seguramente es inadecuado, es desviado. Creo que lo más valiente es poder tener fe en tu propio deseo y bancártela. Bancar ese deseo pase lo que pase, no importa el resultado. Lo que importa es estar conectado con tu deseo, no el resultado. Cada vez pienso más eso.

– “Lo que importa es estar conectado con tu deseo”… Creo que me tiraste el título de la nota

–  No el resultado, obviamente.

“Una obra más real que la del mundo”. Cementerio de Chacarita. Sábados y domingos de mayo, a las 14.30 h. Entradas en Alternativa Teatral.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Translate »
Scroll al inicio