En Buenos Aires pasan cosas. A veces uno se entera por circunstancias relacionadas a su actividad o simplemente porque la casualidad metió la cola. De esta manera y con esta impronta, se relatarán historias y hechos varios dignos de mención.

Este 20 de marzo fui a la visita guiada en el Ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio «Automotores Orletti». No pude evitar viajar en el tiempo a ese momento que les conté en el párrafo anterior. Mis preguntas a mi madre sobre este reducto y lo que ella me dijo desde su punto de vista. Desapariciones, gente que había sido secuestrada. En mi casa se compraba el diario y leía las noticias por lo que me fui interiorizando cada vez más sobre el tema. Le preguntaba bastante seguido al respecto. Incluso, me contó lo que le había dicho una modista que vivía a media cuadra de Orletti, sobre los gritos y la forma en que algunos vecinos habían decidido mudarse.
Pasó el tiempo y hoy, treinta y dos años después, ingresé a Orletti en la visita guiada que se realiza para concientizar con respecto a los horrores del golpe de Estado ocurrido el 24 de marzo de 1976 y su posterior dictadura.
Eramos treinta personas aproximadamente. Vimos un documental en el que se explicó brevemente el contexto en el que Orletti desarrolló sus actividades. El antiguo taller había sido alquilado por agentes de la SIDE. Desde afuera se lo ve grande pero una vez adentro, su tamaño es aún mayor. Se lo llamaba “El Jardín” –o Base de Operaciones Tácticas 18- dentro de la juerga de los genocidas y se sabe que en este lugar estuvieron detenidas aproximadamente 200 personas, la mayoría de nacionalidad uruguaya. También hubo argentinos, chilenos, bolivianos, paraguayos y cubanos. La mayoría de ellos, continúan desaparecidos al día de la fecha.

Se inició el recorrido por el predio y al poco rato, un joven de unos treinta años, calvo y un tanto tenso, empezó a preguntar con respecto a la situación política de la época. Estaba inquieto e interrumpía las respuestas que le daban Ricardo y Andrea, los guías encargados de contar los pormenores del lugar. Tras el intercambio de opiniones, el joven terminó diciendo “Y…eran dos terrorismos”. Intentó esbozar la “teoría de los dos demonios” al tiempo que decía que era “apolítico” y volvía a preguntar sobre «las actividades de los parapoliciales» (¡menos que era apolítico como para usar esa terminología!). Mientras el muchacho hablaba, una señora delante mio dijo en voz baja «¡No puedo creer que se siga diciendo esto!» al tiempo que se secaba las lágrimas.
Nadie supo que vino a hacer este tipo (o se sabe bien el porqué…) pero su intento de perturbar no logró su objetivo. El grupo se separó en dos para descomprimir la situación y continuar el recorrido.
A medida que íbamos caminando dentro de Orletti, Ricardo iba contando con lo que había ocurrido. La división entre planta baja y alta, donde funcionaban una sala de interrogatorios, una de tortura y una terraza. Según los testimonios de ex detenidos, había tres sonidos que caracterizaban el lugar, la chicharra del tren, la cortina de metal de la entrada y el grito de los chicos de la escuela, cuyo patio de recreo daba con la parte posterior del predio.
Entrar a cada espacio es un viaje al horror de lo que fue la dictadura argentina. Las paredes guardan recuerdos y verdades que buscan ser develadas. Por ejemplo, en el 2006, tras una inspección ocular ordenada por el juez Daniel Rafecas, fueron encontrados restos de informes de inteligencia dentro de unos orificios de bala en los ladrillos de uno de los muros de la planta alta del edificio.

La forma en que los militares acondicionaron el predio sigue siendo reveladora al igual que los vestigios que se aprecian en los muros. Se ven los orificios producidos por balazos, que están marcados con un número, por las investigaciones realizadas. Algunos disparos habían sido realizados por los militares para intimidar a los prisioneros y otros por lo que fue el escape llevado a cabo por José Morales y su pareja Graciela Vidaillac. La huída de ambos, semidesnudos, incluyó el robo de un vehículo de la casa de camiones que había a mitad de cuadra, por Emilio Lamarca antes de llegar a Rivadavia y la posterior fuga hasta un lugar más seguro.
Terminamos el recorrido y siento la necesidad de hablar con Ricardo. Nos quedamos charlando con cierto gusto amargo por lo ocurrido con la intervención más que desafortunada –por decirlo de alguna manera- por parte de ese joven. Después, le cuento que el episodio de la fuga de José Morales y Graciela Vidaillac fue, en un momento, una verdad no difundida por los vecinos. Mi madre me había contado porque a ella se lo contó su amiga modista. De la misma manera, mi padre era vecino de Julio Ducdoc, quien fue secuestrado en 1980, por “la banda de los comisarios”.
Una vez desmantelado el CCDTyE, volvió a funcionar como taller mecánico. Igualmente, parece que la maldad está ensañada con este lugar. Vuelve a alquilarse una parte del inmueble para convertirse en un taller textil clandestino, que explotaba trabajadores reduciéndolos a la esclavitud. Nuevamente, el horror y la deshumanización de los individuos se hacía presente en este inmueble, que es clausurado en marzo de 2007.
Por otra parte, queda la duda acerca si el propietario del espacio desconocía realmente a quien se lo alquilaba y las actividades que se desarrollaban en el mismo. Una cosa es ser testigo ser estar imputado y otra muy diferente es haber sido cómplice de lo que allí ocurría.

Me voy de Automotores Orletti, conmovido y emocionado, previo a la realización de una obra de teatro conmemorativa a los 40 años del Golpe a cargo de «La Combinada. Compañía de Teatro Espontáneo» . Pienso en la situación de sembrar amor y arte, donde la muerte y el odio habían imperado con mano dura. Veo rostros de todas las edades, algunos niños sonriendo y banderas de varios países hermanos adornando la entrada.
Casualmente o no, hago el mismo trayecto de cuando iba a la primaria, caminando por Emilio Lamarca hasta Rivadavia. Pero esta vez, tardo el triple de tiempo para hacer esa cuadra y media. Vuelvo a recordar la charla con mi madre y su relato, las revistas y diarios de la época. Después de ese momento, siempre miré para Venancio Flores 3519/21. Era inevitable mirar hacia allí. El niño devenido hombre caminando esas cuadras que son las mismas al tiempo que no lo son.
Llego a casa y escribo, porque la historia debe contarse y la memoria, preservarse junto con el deseo de justicia. Condena a los represores y la búsqueda constante de los nietos. Memoria y Justicia. Hoy 24 de julio de 2016, a 40 años de la última dictadura cívico-militar, es necesario decir, más fuerte que nunca, ¡Nunca más!
conmovedor! La descripción del sitio perfectamente detallada, las imágenes, recuerdos de la niñez y sentimientos.