“¡Oh, cabezas locas de las religiosas!” (Teatro)

Con la cruz en la boca.

Dramaturgia y dirección: Mia Miceli. Actúan: Ana Luz Camps, Melina Del Valle Villar, Miranda Di Lorenzo, Agustin Gagliardi y Mia Miceli. Vestuario: Paola Delgado. Escenografía: Ariel Vaccaro. Iluminación: Leandro Orellano. Edición de sonido: Luisina Girelli. Fx: Jo Ishi. Diseño gráfico: Camilo González Lowy. Asistencia de dirección: Julia Zlotnik. Producción: Miranda DI Lorenzo, Agustin Gagliardi y Julia Zlotnik. Colaboración artística: Leandro Orellano. Duración: 75 minutos.

Espacio Callejón. Humahuaca 3759. Jueves, 20.30 h

La vida de las monjas en un convento ha sido, a lo largo del tiempo, foco de atención y de curiosidad. El hermetismo que la rodea, abre la puerta a la especulación y a la mitología más creativa sobre lo que ocurre, en el vínculo entre las jerarquías y las mismas novicias.

Dicho esto, apenas se inician las acciones, el interés dice “presente”. El desplazamiento constante junto con un recorte rápido y certero de un diálogo entre dos jóvenes ataviadas con su túnica y el velo. Es el puntapié inicial de una puesta deliciosa y variadas –y sutiles- lecturas.

El texto concebido por Mia Miceli parte de una historia tan simple como reveladora. Justine está a punto de tomar los hábitos, pero tiene dudas al respecto. Su compañera Helene será quien surja como compañera/contraparte de quien quisiera ver “algo más allá de las paredes de la iglesia”. El tratamiento serio y concienzudo que realiza sobre la palabra y su utilización llama la atención. Podrá sonar intelectual, pretenciosa, atemporal y hasta sofisticada, pero se la trabaja de manera desprejuiciada y fresca. Por tal motivo, se obtienen diálogos ricos que cuentan tanto con un mix de refinación y suciedad cautivante. Todo, mientras atrapa el cuerpo y el alma de los presentes

Si a lo dicho se le suma que la acción se ubica en la Revolución Francesa, la mesa está servida. De más está decir que habrá relaciones prohibidas –y no tanto- de por medio que permitan abrir diversos interrogantes, siempre con un tono de comedia bien dosificado. El amor en alguna de sus manifestaciones y un deseo de “libertad”, con todo lo que implica este concepto, más allá de la banalización reinante, cortesía del liberotarismo reinante. También sirve preguntarse, a partir de quién es el que señala a otro, si realmente posee las características que se le endilgan. Allí es donde se cuela la idea de quién sería el salvaje y el por qué del consabido temor. ¿O será al revés?

A partir de su rol de dramaturga y directora, Mia Miceli concibió una puesta tan curiosa como atrapante. El uso del espacio (completo) de dos plantas del Espacio Callejón –incluido su patio- brinda un aura de completitud apreciable. Por eso, el entrar y salir de la escena es cautivante al tiempo le exige al espectador el seguir con la vista lo que ocurre. Esto, de por sí, es importante en tanto prestar atención a lo que ocurre. Algo que, justamente, en tiempos de celulares y/o redes, ha caído notoriamente. La escenografía es tan sencilla como precisa mientras que el vestuario es preciso salvo algún pequeño detalle. Las actuaciones son exactas en tanto lo requerido por el texto.

“¡Oh, cabezas locas de las religiosas!” impacta desde distintos lugares. Sea por el texto, su desarrollo, las actuaciones o el uso del espacio, habrá algo para destacar y comentar. Sobre todo si queda repiqueteando la pregunta sobre el paso del tiempo y su tan mentada “evolución” fue tal como se dice. “Igualdad, fraternidad y libertad”…¿quién te ha visto y quién te ve? Devoción, creencia y religión. Juventud, divino tesoro en la previa de la Revolución Francesa.

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