La mesa está servida
Dramaturgia: Manuela Amosa. Elenco: Manuela Amosa, Matías Corradino, José Escobar y Romeo Prioriello Iluminación: Manon Minetti. Música y diseño sonoro: Nicolás Diab. Escenografía y vestuario: José Escobar. Diseño gráfico: Julia Ferrando. Fotografía: Lina Etchesuri. Redes: Juani Romero y Debora Longobardi. Prensa: Natalia Bocca. Producción: Manuela Amosa, Facundo Galli, Verónica Mc Loughlin. Coproducción: Moscú Teatro. Asistencia de dirección: Facundo Galli. Dirección: Verónica Mc Loughlin
Moscú Teatro. Ramírez de Velasco 535. Viernes, 20.30 h.

Los lugares de trabajo suelen ser pequeñas sociedades que reflejan, de alguna manera, lo que ocurre a nivel macro, fuera de las puertas del local u oficina en cuestión. En este caso, todo ocurre en el depósito de un establecimiento gastronómico que cobija las existencias del cocinero (Claudio), dos mozos (Rosa y Pepo) y un joven ayudante de cocina (Martín).
Como no podía ser de otra manera, estos trabajadores del arte culinario tienen vidas que contar, mientras descansan entre pedido y pedido. Problemas que irán desde el amor hasta el desarraigo pasando por el deseo de crecer en una profesión como en zafar de las “contingencias” –y nos quedamos cortos con la denominación- que se pueden vivir “en casa”. Ese depósito funciona como confesionario u oasis para lamerse las heridas y sociabilizar diversos acontecimientos, aunque, quizás, sin buscar solución a lo que ocurre.
Lo que primero vamos a destacar es el título y su escritura. Es “Restorán” y no “restaurant”. Hay una decisión por escribirlo así, de la manera en que se pronuncia. Desde el momento en que a alguien le llame «la atención” y otros/as “siguen de largo”, se establece una diferencia interesante. Más aún, si el/la espectador/a de turno trabajó/a en algún restaurant o comercio con esos espacios en los que pasaba la vida y alimentaba sueños, así como se lloraban decepciones y despidos.
El vínculo que se establece con los personajes es entrañable porque hay una palpable identificación. Es la que atraviesa a amores prohibidos, violentos o no correspondidos junto con la lucha contra la rutina y el deseo de progreso a partir del sano deseo de superación. Hombres y mujeres que conviven sobre cajas de gaseosas y cervezas como si fueran un inventario personal de lo dicho y lo realizado. Aquellos que sueñan sus sueños sin resistencia mientras pelean por su existencia.
Desde ese lugar, Manuela Amosa concibió una dramaturgia clara en sus intenciones y cautivante en sus acciones. Se aprecia un respeto al recinto en el que se desarrollan los hechos así como a sus relatos. No se lo toma para el chiste ni para “bajarle el precio”, desmarcándose de cierto teatro lleno de progrechetismo palermitano que desborda de “White people’s problems”. Aqui hay mucha humanidad en ese reducto que se llena de vida y de una cotidianidad bastante invisibilizada.
La dirección de Verónica Mc Loughlin brinda ritmo y dinamismo. La presentación de los personajes y de los hechos se mezcla con la tan mentada situación de “entradas y salidas” que capta la atención del público sin avasallarlo. Las actuaciones son precisas, con momentos para el lucimiento de cada uno y las vivencias que deben sortear. Un elenco sólido que tiene a un José Escobar acertadísimo como Claudio, el más experimentado del plantel.
Atrapante de principio a fín –si es que lo tiene-, “Restorán” recorta una realidad con sensibilidad y precisión. Historias que parten de una situación “pequeña” pero conforman un mundo tan grande y rico como cada persona. Con todo lo que esto implica.
