“Un niño verde” (Teatro)

No sirve vivir para sufrir

Dramaturgia: Martin Lerner. Actúan: Manuel Armengol, Manuela Begino Lavalle, Milagros Cicculli, Agustina De La Fuente, Fede Bethencourt, Martin Lerner, Juan Salas, Ailén Schnabel, Caterina Tambucci. Mapping: Alejandro Ezequiel Cohen. Vestuario y escenografía: Tati Manzelli. Diseño de luces: Alejandro Galerti. Diseño sonoro: Alejandro Ezequiel Cohen y Lucila Marisel Garay. Redes Sociales: Julia Gel. Diseño Audiovisual: Alejandro Ezequiel Cohen, Lucila Marisel Garay y Martin Lerner. Música original y músico: Alejandro Ezequiel Cohen. Asistencia de dirección: Laura Pérez Recalde. Producción: Ojalá Gilda. Coreografía: Agustina De La Fuente. Puesta en escena y dirección: Lucila Marisel Garay.

Timbre 4. México 3554. Domingos, 21.30 h.

En la década del ’90 del siglo XX, con el menemato atravesando al país, pasaron muchas –demasiadas- cosas. Más allá de algunos hechos que, al día de hoy, siguen teniendo influencia, hubo una situación que ocupó los titulares de los diarios y de la televisión. Fue el caso de Martin Lerner, un niño de un año y medio que necesitaba un trasplante de hígado.

Por tal motivo, sorprende en un primer momento, cuando al ingresar a la sala grande de Timbre 4 de la calle México, se ve a un grupo de actores y actrices corriendo en círculos mientras, desde una consola, un guitarrista interpreta temas de los Redonditos de Ricota.

De a poco, esa ronda mutará su ritmo para contar la historia del mismo Lerner, a partir de la narración del involucrado. Su voz será la que conduzca el hilo de los acontecimientos. La combinación de esperanza, incertidumbre y enojo será moneda corriente ante un suceso inesperado, frente a la que se debe estar 24×7 para ver si se puede solucionar todo.

La movilidad es constante, al igual que el sutil cambio de vestuario para dar vida a distintos personajes, desde los padres del protagonista hasta funcionarios y doctores. El ojo se mantiene activo y la atención a lo que ocurre, es constante. Unas cortinas blancas terminan siendo el telón para que las imágenes nos lleven a ese lejano 1990/91 en que sucedió todo.

El texto del biodrama está muy bien dosificado en la información que brinda. Se apoya en una investigación seria del contexto histórico, político y social, junto con el detalle de la conformación de la familia de Lerner –fundamental- y del devenir de la donación del órgano con el consabido trasplante. Como no podía ser de otra manera, los contratiempos son varios, con una Justicia tan inoportuna como retrógrada. El oído percibirá argumentos similares a los que se enarbolan hoy en día, para dilatar la implementación de las leyes que corresponden.

El amplio espacio es bien utilizado para el desarrollo de un relato que se linkea con la realidad de este 2026, de individualismo exacerbado. Esta aseveración es fundamental en tanto que las vicisitudes que vivió la familia de Lerner como las circunstancias que lo atravesaron en pos del trasplante, tienen un vínculo muy fuerte con la construcción colectiva. La búsqueda del tan requerido órgano fue a través del organismo destinado para tal fin, como es el INCUCAI. De más está decir que está en las antípodas de las políticas del gobierno actual basadas en el egoísmo legitimado y el cinismo como norma de conducta. Por eso, la arenga y el pedido para que la donación de órganos sea más grande, para poder salvar una mayor cantidad de vidas.

Las actuaciones son sólidas y responden a lo requerido por la dirección, con Martin Lerner como capitán del equipo. Párrafo aparte para Alejandro Ezequiel Cohen con sus intervenciones musicales y sonoras precisas. La duración es exacta. No se regodea en su verba para prolongar más de lo necesario lo ya dicho, de forma clara.

Termina la función y el aplauso es sostenido en tanto hay una historia que combina solidaridad, empatía y lucha, con un tema de salud de por medio. Emotiva y reveladora, “Un niño verde” impacta y llama a la reflexión. Pone sobre tablas, debates que van desde el rol del Estado, de los medios de comunicación a la interpretación de leyes por parte de jueces de mentalidad paleozoica. Siempre, con la solidaridad, la esperanza y el espíritu como armas para combatir tanto egoísmo y crueldad.

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