Ruben Szuchmacher: “La idea era hacer un ‘Hamlet’ que se entendiera”

“Hamlet”, el gran éxito teatral del 2019, vuelve al Teatro San Martín con una nueva temporada. Al respecto, nada mejor que hablar con Rubén Szuchmacher de todo el proceso de la obra, sus personajes y su recepción, entre otros temas. No obstante, la charla fue tan rica que derivó en sus últimos trabajos en cine y televisión –retorno a la actuación incluído- así como de aspectos más desconocidos de su persona. Un viaje al mundo interior de uno de los más prestigiosos directores del país, con una pregunta flotando ¿habrá una continuación de su libro “Lo incapturable”?

Fotos: Cecilia Inés Villarreal

-Rubén, ¿cómo vivís esta vuelta de “Hamlet”?

-Siempre que un espectáculo continúa, con tanto éxito, es de manera alegre. Un hecho para festejar. Sobre todo por el éxito que ha tenido y cómo. Estuvo fuera del circuito comercial que sigue la lógica de “si hay público, sigue”. Seguramente vamos a hacer dos meses de temporada y va a quedar gente sin poder verla. Hubo quien me dijo de hacer gira por el mundo y no va a poder ser. No es tan sencillo.

-¿Se le va a hacer algún retoque al texto?

– No. Nada.

-Algunos directores lo hacen…

-Que lo hagan ellos, yo no. Cuando uno va a ver un espectáculo europeo, después de dos años, es el mismo. No es que cambia sino que el espectáculo se cristaliza. Si quiero hacer cambios, hago otro pero no en este. Fui trabajando mucho a “Hamlet” en su recorrido. Tuve una parada de veinte días en el medio en los que pude trabajar algunas cosas. Prácticamente, hasta el anteúltimo día, fui dando indicaciones necesarias para que el espectáculo no se desarme. Es largo y requiere la presencia del director porque hay que sostenerlo. No es un espectáculo de dos actores. Si bien tiene una presencia excluyente, no deja de ser coral. Hay mucha gente todo el tiempo en el escenario. Me di cuenta que, a diferencia de otros espectáculos, tenía que estar presente. Además, me gustaba mucho no solo la obra sino todo el espectáculo.

-¿Cómo fue el laburo de traducción que hiciste con Lautaro Vilo?

– Fue un trabajo enorme. Primero fue la traducción de Lautaro que fue ciclópea. Luego hubo una re-retraducción. Repasamos todo lo que había traducido con el texto original, en inglés para ver si había quedado algún error o cuestión de interpretación. A la vez trabajamos con la corrección de frases poco felices o que no se entendían mucho. Vino otro pasaje por la obra para garantizar que todo sea audible y se pueda entender en la primera escucha. Después terminamos de quitar algunas cosas. La obra está completa. No sacamos episodios pero está interlineada y cortada en ciertos monólogos asi como una duplicación de frases y adjetivos. Hubo mucho trabajo sobre aquello que en inglés suena bien y en castellano no tanto, como la doble adjetivación. Para terminar, se realizó un trabajo –que continuó- de corrección en los ensayos. Como decía un actor tal palabra o frase. Hubo muchas versiones debido a las numerosas capas de trabajo entre la primera versión y todas las que fuimos haciendo, de casi ocho meses.

Hubo discusiones por otro tipo de cosas. Las menciones a cierto retiro de Gertrudis, la madre, de los placeres de la sexualidad. Una observación tan machirula…Otras nos parecieron violentas. Por ejemplo, cuando se dice “como putas chismosas” y empezamos con puta…y chismosa. ¿Las chismosas siempre son mujeres? No daba para poner un “chismoses”. No es una versión inclusiva y se hubiera distorsionado. En unos años, seguramente, habrá un Hamlet inclusivo. Ahora, me hubiera sonado mal todo. Se desplazaba el eje pasando a ser lo inclusivo “el” tema. Este era el tipo de problemáticas que vimos. Cuanto reforzamos lo machirulo de Hamlet…o no pero creo que hay un gesto dado por la condición de Joaquín (N de R: Furriel, que lleva adelante el personaje de Hamlet) que no da perfil machirulo. Tiene todo el machirulaje que tenemos todos. Nadie está exento. Pero no tiene tanto. Hay algo de su Hamlet que no resulta machirulo.

-En este “Hamlet”, hay una Ofelia más combativa.

– Si. En el momento en que se elige ese tipo de actrices, como Belén Blanco, estas apostando a algo. Después no hay que hacer demasiado. No voy a hacer una teoría sobre que Ofelia quería pero si se elige a Belén Blanco se elige una fuerza y una presencia, no particularmente de una chica cándida. Dentro del trabajo, fortalecemos las ironías que tiene para con el hermano (que está en el texto) además de tener sus propias opiniones –algo que se ve, sobre todo, en la primera escena con el padre-. Luego, las circunstancias la colocan en un lugar horrible que la terminan por enloquecer. De hecho, es el único personaje loco de la obra. Esa locura, estando Belén, es bastante agresiva. La Reina no la quiere recibir, algo que en general se corta. Es una loca incómoda.

-¿Te sorprendió el éxito de Hamlet?

– Para serte sincero, sí. Mejor dicho, nunca tengo idea de que va a pasar con una obra. Estoy en actitud de sorprenderme con lo que puede llegar a pasar. Es muy difícil manejar la información a priori. Sí me parece que se dio, previo al estreno, de gente que vio los ensayos previos y decían “¡qué bueno que está!”, “¡qué interesante!”, “¡qué bueno que se entiende!”. Trabajo sobre los procedimientos para lograr ciertos efectos pero recién cuando el espectáculo está hecho, me doy cuenta de esos efectos. El haber hecho accesible lo complejo –que es un rasgo que tiene esta puesta- es algo que se produjo. Es una puesta inclusiva en tanto gente que no había ido nunca al teatro y otra con mucha experiencia, salían con un grado de satisfacción increíble. Ese es el punto de mayor sorpresa. Quizás esperaba una reacción más intermedia. La idea era hacer un Hamlet que se entienda. Era necesario rescatar a Hamlet de la cultura y retornarlo al arte.

-¿Bajarlo del bronce?

– No. Sacarlo del lugar de distorsión. Se me ocurrió -no puedo explicar por qué- hacer dialogar a “Hamlet” con Kafka y después plantear una idea de absurdidad. El romanticismo, la tradición de Oliver y la del siglo XIX que se transmite en el XX, hizo que la obra quede apresada por un sistema romántico de sufrientes. Ahora la idea de la absurdidad le quita todo halo romántico y al no tener romanticismo, habilita al humor. Aparece el “nonsense” y una serie de procedimientos que están en la obra. Del momento que aparece un fantasma colgado de piolines…y no hecho a la manera de truco. Eso es puro teatro. Quería que se vean los cables.

-Hiciste mención de un “giro kafkiano”. Eso también se aprecia con el trabajo de Bárbara Togander en el diseño sonoro y la cuestión del vestuario.

– Sí. De hecho, la guía del vestuario es hacer el año 19. La cuestión de hacer una obra, cien años atrás, era muy particular. Si bien era un año raro para ubicar una obra, quería trabajar una posguerra que contenga la obra y que todavía esté cerrada. No eran los años 20 ni “los 30” que siempre te llevan al nazismo por lo que mete en un problema.Transformar a Claudio en un nazi y cosas así. No todo es tan fácil. Ojala la vida fuera tan sencilla. Se te arma un lío ahí. Acá era como proteger la complejidad de la obra. Por ejemplo, que el reino no sea excesivamente rico sino un reino…

-…austero…

-Si. Que no fuera rico. Eso fue muy claro. El traje de los hombres es muy discreto. Que la reina no apareciera de rojo o traje largo sino discreción total. Las dos mujeres están vestidas casi igual. Una con colores más pasteles y la otra con más oscuros. Un bordó y negro la reina y Ofelia con todo más claro. Era una Dinamarca ligada más a Praga y no tanto a Inglaterra.

-Fueron muchos jóvenes a ver “Hamlet”…

– Fue, para mí, lo mejor que pasó.

-Le veías la cara a los chicos….

– ¡Sí! Iba mucho y me gustaba ver como salían los pibes después de estar tres horas y media ahí adentro. No salían vomitando ni nada. Fue una de las cosas más increíbles, producto del programa que tiene el teatro, que estudiantes del secundario que pueden verla de manera gratuita. Pibes del conurbano profundo llegando al teatro, bancándose tres horas y media de obra, con la presencia de Joaquín de por medio. Se habían divertido y pasado bien. Esto se liga con esa visión que tengo, que me guió todo el tiempo de poder meterme con la obra. Tiene tantos problemas porque la gente cree que la conoce. Tanto es así que la cultura le inventó una escena…

-El “to be or not to be”…

– ¡Claro! Hace una condensación de dos escenas pero una mayoría de personas de Occidente cree que hay un señor que camina con una calavera en la mano y dice “Ser o no ser”. Es increíble. Un gesto cultural…Partí de ahí, de pensar el desquicio que le había armado la cultura a la obra. Fui a debates y charlas y escuchaba que “la madre…” pero también se inventó una madre que no está de la manera que dicen. La obra está llena de mitos. La primera pregunta que me hicieron fue “¿Qué vas a hacer con la locura de Hamlet?”. Nada. Justamente el personaje que está menos loco de la obra es Hamlet. “Bueno…es ambiguo”. No. Finge que está loco. No es lo mismo fingir que está loco que estarlo realmente. La loca –que deviene loca- es Ofelia. La obra se encarga de tratar el tema de la locura. La idea del loco que no se los podía tocar y penar. Hamlet elige la cuestión de llevar a cabo la venganza a través de la locura, para sacar de mentira a verdad, por medio de la figura de un loco que no puede ser tocado. Algo que lleva hasta el final.

-Se escribió mucho sobre ciertas alusiones políticas que había en “Hamlet”. Más aún, con el último año del macrismo. ¿Cómo viste ese diálogo de la obra con la coyuntura?

– A ver…. Una de las cosas que no puedo anticipar es qué se va a escuchar ahora. El espectáculo no lo hice pensando en Macri sino durante un gobierno de Macri. Como artista, estaba atravesado por eso. Después adquirió una forma que no la pienso modificar. En ningún momento, hubo una idea de hacer un trabajo direccionado. Un Macri Review, una revista. Lo que pasó fue que la realidad tenía tanto de hamletiano que es ahí donde la obra se vuelve una genialidad. Le habla a cada época y en este caso, a nuestro país. No sé qué va a pasar ahora y cuál va a ser el estado de ánimo. De hecho no lo estamos sabiendo todavía. Estamos más aliviados pero qué se estará discutiendo a la fecha del reestreno, no lo sé. El espectáculo ya está hecho. Lo que sí quiero es ser el primer espectador de este “Hamlet” y ver qué le dice al momento que se presente.

Una vez charlando con Diego Fischerman, decía que «a Borges, Spinetta o Piazzolla, se lo citaba más de lo que se los conocía«. ¿Con Shakespeare pasa un poco eso?

– Es probable. Sí, supongo que sí. Se habla más de Shakespeare de lo que se sabe. De todas formas, es el autor más estudiado y más citado, sobre todo “Hamlet”. Dudo que la gente lo haya leído para hacer la cita. La hace y listo. Más aún que cuando uno busca citas en internet. La encuentra, la sube y queda bien.

Delante de las cámaras

-Volviste a la actuación con “El hijo”.

– Fue en el 2018 aunque había vuelto hace dos años. La actuación es, para mí, un espacio de diversión. Me llamó Sebastián (Schindel) para ese papel…! Después de tener la responsabilidad de dirigir, es lo mejor que me puede pasar. Del lado del director, no se puede. Tenés que ser muy responsable y estar atento a todo. Que me orienten y me digan dónde me tengo que poner y hacer, me encanta.

-¿No se mete el director que sos ahí, cuando te están dirigiendo?

– No. Nada. Para que no se meta, sé que tengo que estar en un espectáculo o película con garantía de confianza. Tengo un ojo crítico pero lo que pasa es eso. Así como quiero que los actores confíen en mí porque los quiero llevar a un lado, lo mismo pido. En general no me llaman para actuar porque piensan que les voy a hacer la vida imposible.

-Tenés mala fama…

– No yo sino los directores en general. Alguna vez padecí a un director actuando. Fue difícil porque todo el tiempo competía por el rol. Me ha pasado con cantantes que eran regisseur y era una competencia… Muy complicado todo. En mi caso particular, si actúo es porque no quiero saber nada de otra cosa. Caso contrario, dirijo.

-También estuviste filmando para Canal Encuentro con Muriel Santa Ana…

-Antes de la gran marea verde, hicimos “Sufragistas”. La idea era que Muriel hiciera de cuatro mujeres sufragistas en locaciones actuales. El canal, dos años después, ya con la marea verde a pleno, decidió hacer un ciclo de cuatro programas de media hora llamado “Pioneras”. Ocho mujeres, con la misma fórmula de Muriel haciendo de ellas. Estuvo muy fortalecido por la presencia de más mujeres hablando de mujeres. Cubrimos personajes que nunca se me hubiesen ocurrido. María Abella, una uruguaya que se había ido a vivir a la Plata y en 1906 ponía en tela de juicio y protestaba sobre el término “crimen pasional”. No decía “femicidio” pero ya cuestionaba ese término del periodismo. Herminia Brumana que reivindicaba el feminismo en la belleza. O Fenia Chertkoff, la esposa de Nicolás Repetto, el político socialista.  Todo el programa tiene textuales de las protagonistas y Muriel diciendo todo, a veces en off y otras en cámara. Fueron tres semanas de rodaje en locaciones muy diversas como la laguna de Chascomús donde usamos un dron. La verdad, estuvo muy bueno.

-¿Cómo te sentís dirigiendo en audiovisuales?

– Ahí practico un poco. Como no estuve a cargo de la dirección general, sabía cuál era mi lugar, la concepción general del programa. La idea que el personaje transitara por lugares actuales, surgió en mi casa, discutiendo sobre lo que íbamos a hacer. Me sonaba raro armar en el estudio un “falso histórico”. Era más interesante meter estos personajes (que no iban a tener un desarrollo dramatúrgico) en la actualidad. Se veía que la voz de estas mujeres no quedaba fuera de época sino que seguía estando presente. Tuvimos discusiones acerca de cómo resolver en cada caso personal. Así salió el viaje a Chascomús  o las mujeres viajeras que filmamos en un tren. Mi tarea básica fue que Muriel encontrara el tono de cada una de las mujeres en el decir así como en su corporalidad. Ahí hubo un trabajo de vestuario impresionante. Después era el estar presente en el rodaje…Ahora me están preguntando cuando voy a hacer una película. No estudié para eso. No sabría hacerlo. Vi mucho cine, mucha tele. Creo fervientemente, éticamente, en los saberes. No me voy a meter en hacer lo que no sé. Ni siquiera disimular si estoy con alguien que sabe….

-El famoso “está bien acompañado”

-¡Claro! Te ponés a estudiar y te dejás de hinchar. A esta altura del partido, si me pusiese a estudiar, aprendería más rápido porque tengo mucha más información visual que un chico de veinte años pero carezco de la práctica. Mi camino es el teatro, las artes escénicas. Justamente, son las artes escénicas las que me hacen ver “rápido”. Veo una película y no veo “rápido”. Tardo con el movimiento de cámara. Me doy cuenta pero me quedo más enganchado con las historias. No me pasa eso con el teatro que veo todo el tiempo la materia. Para hacer una película o un programa, hay que saber.

Dirección y escritura

-Hay dramaturgo devenido director, actor devenido director pero no hay tantos directores que se capaciten para dirigir

– La verdad, no sé. Si uno agarra los indicadores –o por lo menos, los que yo conocí cuando estaban los exámenes de ingreso a la UNA-, había chicas que querían estudiar dirección –lo cual era muy raro- y la pregunta era si habían ido al teatro. La respuesta era “no”. “Entonces, ¿por qué querés estudiar dirección?” y respondían “porque en el colegio organizaba el acto escolar”. Formas extrañas de pensar esto. La idea no estaba colocada en lo artístico sino por el lugar o la posición de conducir algo. Lo extraño era que, en una carrera de arte, una persona no se conecte desde ese lugar sino del rol de mando. Pero bueno, ese es otro tema.

En general, la mayoría de las personas llega a la dirección. En mi caso, fue bastante claro. Mi único estudio orgánico -sacando el de psicología social- que me dio un título fue el de regisseur del Teatro Colón. Entré a los 22 años y la dirección de ópera era mi lugar en el mundo. Después vino la dictadura mientras estaba haciendo teatro en otra parte. Había actuado y bailado en otros lados. Hice un primer intento de dirección en el que fracasé. Después de esto, pasaron como cinco años e intenté llevar adelante un proyecto. Luego, me llaman y a partir de ese llamado, me constituyen. Había intentado por mis propios medios y no pude. El primer espectáculo que dirigí tuvo a Marikena Monti. Fui asistente de Esther Ferrando, coreógrafa y bailarina de Oscar Araiz que la había dirigido y en un momento, no quiso hacerlo más. De ahí, viene su propuesta. Fue un espectáculo en el Teatro de la Piedad, con seis tachos pero con un vestido….! El vestido final lo terminó de diseñar la hermana de Anita Loos, la autora de “Los caballeros las prefieren rubias”. Después, dirigí “El desalojo” de Florencio Sánchez, a un grupo de gente entre la cual estaba Bartís. Lo hicimos en el Teatro de la Cortada que después fue el Parakultural y Caras y Caretas. Tengo que decir que devine director porque a otro se le ocurrió que fuera director.

-No ibas a ser director…

-No iba a ser nada.

-Bailarín…actor…

-…que sé yo qué iba a ser. Tuve suerte. Al principio quería ser arquitecto pero dejé la escuela. Me recibí de bachiller a los 48 años. No terminé el colegio en el momento que se tenía que terminar. Me llevé materias, no quería repetir, etc. Nunca las daba. Me fui a vivir a Europa, volví, dirigí en el San Martín, anduve por todos lados. A los 48 años, me dije que no podía llegar marzo y pensar que tenía que dar las materias. Habían pasado 27 años y seguía con eso. Si no te importa, todo bien pero si te interesa, resolvelo. Agarré, fui al colegio y me anoté en todas las humanísticas. Después, en un instituto las científicas. Hice el bachillerato para adultos y en año y medio, me recibí. Me divertía y aprendí muchísimo. Entendí finalmente la física y la química. Era muy bueno en matemática pero no lograba entender cómo funcionaba la química. El último examen fue el de física, a los cuatro días de empezar los ensayos de “Galileo Galilei”. Cuando dí el último examen –que me saqué 9-, tenía una carrera docente y académica muy desarrollada. Podía dar un curso pero no lo podía tomar. Esta situación me jugó en contra por no tener carrera de grado, para los concursos.

-Si te pregunto sobre Microteatro…

– No tengo mucho para decir. Hago chistes porque hago una obra que es lo contrario a microteatro. Lo hice con “Todas las cosas del mundo” con dos horas y cuarto de duración y ahora “Hamlet”. No es que tenga pasión con lo largo…Hice un ciclo llamado “Género chico”, en el 97, de obras cortas. Las hicimos con los textos que se hacían en el estudio de Kartún. No tenían salida. Eran de diez minutos. Le pedimos esos textos y eran práctica para los directores. No tengo problemas con el formato. Tampoco nadie me invitó…

-¿No te invitaron?

-Para nada. Si me invitan, voy. Insisto, no tengo problemas con el formato. Al contrario, nada me gusta más que someterme a la imposición de un formato externo para ver que es lo mejor que se puede hacer. Qué obra hay que escribir o se debe hacer con un determinado tema, el hacerla varias veces al día, que no debe tener escenografía…¡Mirá todos los problemas que tenés para resolver!

Palabras más, palabras menos

-¿Habrá sucesor a “Lo incapturable”?

-En principio, necesito tiempo que es lo que no tengo. Tengo un montón de material nuevo en relación con mis puestas, en el que “Hamlet” ocupa un lugar muy importante. Es lo más reciente y lo más fresco. Tengo bastante del “Siglo de Oro del peronismo” y “El desalojo” que fue mi primer espectáculo, además otros textos. Necesitaría un año sabático para ponerme a pensar en términos de edición. En el 2020, no creo que sea posible al menos hasta septiembre porque tengo tres laburos al hilo: la reposición de “Hamlet”, el estreno de una ópera en el Colón (“El cónsul” de Gian Carlo Menotti) y un proyecto en el Teatro Cervantes (“Cuando nosotros los muertos, nos despertemos”, de Ibsen). Debería juntar una plata y retirarme por dos meses de tranquilidad. Es muy difícil para mí, escribir en medio de un montaje. La escritura es un sistema completamente distinto. Por supuesto que si tengo un editor que me taladre pidiéndome el libro, es otra cosa.

La única novedad que tengo a nivel editorial es que publican el libro en Inglaterra. “The Uncapturable”. La foto es otra porque es una edición de Bloomsberry, una editorial increíble que tiene distribución en Estados Unidos. Está en proceso de edición. El que tiene que laburar ahora es el traductor.

-“Lo incapturable” ocupó un lugar que estaba vacío…

-Quería escribir fácil, para un lector que está en un intermedio. Hay algo de la forma en que escriben unos científicos en una colección de libros que me parece interesante. Lo hacen de tal manera que uno que no sabe de ciencias, pueda entender una formula compleja científica. Con “Lo incapturable”, traté de hacer eso. Estaba harto de esos libros horribles del mundillo teatral que nadie entiende o tienen un nivel de subjetividad tan absoluta que andá a cantarle a Gardel. Ambos son de muy poca utilidad.  Esto me lleva a otro lado, de análisis de mis obras que no he tenido. Tuve críticas pero no estudios. Además, no produzco textos autorales. La gente de la academia no sabe analizar la labor de un director. Los trabajos de análisis son de gente que escribe textos y además dirige. Entonces, se la pasan hablando de los textos. Hablan de lo postdramático pero son “textocéntricos”. Me acuerdo cuando hice “Cámara oscura”, un espectáculo que estrené en el Rojas en Proyecto Museo. La gente del teatro lo odiaba porque decía que no tenía estructura, pero a la gente de Artes Visuales le encantaba porque…tenía estructura. Era de cinco partes con cinco vitrinas que problematizaban el ver, la forma en que uno mira. Con Gonzalo Córdoba hicimos un trabajo de luz tremendo. Los de Artes Visuales venían enloquecidos y los de Teatro…lo odiaban. En fín…

Vengo de una generación que tuvo como maestros a gente como Itelman, en la que el conocimiento no estaba en el lugar del sentimiento. No era lo que uno sentía. Itelman echaba alumnas que hacían cosas medio psicodramáticas diciéndoles “andá a sufrir a otra parte. Acá no. Ajustate a la pauta”. El arte es forma y eso pero hoy es más difícil porque hay como una especie de reivindicación de la ignorancia. Veo a alguien con una máquina de fotos y me emociono porque hay tanta gente que saca fotos…

-No es lo mismo sacar fotos que ser fotógrafo…

– Si. Sé que si tenes esa cámara es porque tenés un conocimiento previo técnico, etc. Te podrá salir mejor o peor. No es que sacaste el teléfono. El ojo también se entrena. Tiene capas e historias. No es todo lo que a uno le pasa sino una acumulación de saberes. Creo en eso. En ese sentido, no sé si el hombre nació bueno y se deforma. Para mí, nace bruto y la sociedad lo arma. Discuto con gente del medio cuando dicen que “los alumnos no deberían contaminarse” y tienen que sacar “lo que tienen adentro”. Es llamativo que, gente que alguna vez tuvo un pensamiento cercano al marxismo, no se de cuenta que los alumnos tienen adentro toda la mierda que le fue metiendo la sociedad desde el día en que nació. Entonces, lo que tiene adentro es Tinelli y cosas así. La escuela debe poner en crisis ese saber para que, en todo caso, aparezca otro. No es “en el fondo tiene cosas maravillosas que deben poder expresarse”. No es así. ¿Que hablas de la interioridad? Al contrario, a la interioridad hay que destruirla, trabajarla, ¡deconstruirla!

-Palabra muy de moda en estos momentos.

– Si. Debemos hacerlo de esa supuesta interioridad, de esa pureza casi religiosa, como si adentro tuviésemos a la Virgen María que quiere expresarse…

-La tan mentada sensibilidad….palabra que para muchos es intocable.

– Como si la sensibilidad no fuera ideológica, estética y no fuera analizable. Claro, no podes hablar de los sentimientos pero hay algo ahí que es traducible. ¿Por qué se te construye esa idea de sentimiento, que también es ideológica? Igualmente, podes desarmarla. Leé este libro, mirá esta película. Ahora estoy haciendo un ejercicio que me va a llevar hasta que me muera que es –paralelamente a lo que va surgiendo nuevo- leer y mirar todo lo que a mí me formó. Veo películas de Bergman, Fellini, o novelas como “La montaña mágica”. Es interesante porque es ver qué es lo que pasó. Hay algunas cosas que empiezo a leerlas y me digo “no tiene sentido que siga”. Lo que va a seguir, está preservado. Eso me pasó con “Ana Karenina”. Con “La montaña mágica” entendí en su momento una cosa y ahora, otra. Son como dos novelas diferentes. Lo mismo ocurre con la música.

Un Szuchmacher interior

-Si tenés un formulario y dice “profesión”, ¿que ponés?

– Actor y director. Me molesta mucho cuando me ponen “dramaturgo” porque siento que estoy usurpando un lugar. También pondría “gestor teatral”, “regisseur” y también “ensayista”.

-Si por la puerta de esta casa entrase el Rubén Szuchmacher de 22 años que estaba estudiando para ser regisseur, qué le dirías?

– Uh! No me la esperaba esta pregunta….¿qué le diría? Que no se preocupe tanto por no saber lo que quería hacer. Estaba conflictuado respecto a una cuestión vocacional. Tengo la sensación de que, en esa época, perdí mucho tiempo con eso. ¿Vas a ser músico, director, bailarín, actor? Ese tiempo que usaba para cuestionarme en torno a la carrera, lo hubiese destinado a pasarla mejor. En ese año, al final de un examen de primer año de escenografía, Saulo Benavente no me hizo ninguna pregunta salvo la de “¿te vas o no a Alemania?” Era el año 73. Había mucho compromiso político. Me ofrecieron una beca para estudiar ópera en Alemania Oriental. Lo recordé el año pasado porque pasé por la puerta del lugar al que habría ido. Le dije que no. Me dijo “te pongo nueve. Si me decías que ‘si’ te ponía diez”. Tenía que ir a Alemania pero en el momento que debía que ir. Si hubiese ido en ese año, muchas de las cosas que ahora tengo, no hubieran sido posible. Haber vivido en Alemania, en los años 70, capaz que terminaba muerto en una zanja. Son esas buenas decisiones que uno cree que son malas pero a la larga, son correctas.

“Hamlet”. Teatro San Martín. Avda Corrientes 1530. Jueves a sábados, 20 h; domingos. 19.30 h.

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