La Delgada Linea del Respeto

Hace un par de años, en una reunión de compañeros de trabajo, una de las chicas, estudiante de psicología, lanzó muy suelta de cuerpo, la siguiente afirmación: 

Los gays son enfermos”. 

No me cerraba la situación de ella, como profesional, atendiendo a un gay o lesbiana, con una idea digna de una mente retrograda (¡siendo ella psicóloga!). De más está decir que le dije lo que pensaba de la barbaridad que había dicho pero eso no fue lo peor. Una tercera me dice lo siguiente
Sos un irrespetuoso. Tenés que respetar lo que ella piensa”.
La miré, pensando que me estaba cargando pero sabiendo de su cantidad de neuronas, me di cuenta que no era un chiste. Tampoco me quedé callado ante esta nueva situación pero me quedó dando vueltas en la cabeza esa idea de “respeto”. El respeto como aceptación de todo lo que se dice, por más que sea una barbaridad, tal como fue en los casos mencionados. Según esta gente que, con el correr del tiempo va incrementando su número de seguidores, uno tiene que “respetar” lo que algún imbécil pueda decir. Si escucho a un idiota decir “los judíos/bolivianos/chinos/gays –y siguen las firmas- son los causantes de los males de esta sociedad”, tendría que aceptarlo en nombre del “respeto” (que no tiene aquél que agrede con tales afirmaciones). ¿A dónde hemos llegado?” Y lo que es peor de todo esto, es cuando los testigos de este tipo de discusiones te preguntan «¿Por qué te enojas tanto si no sos gay?«. A ellos le dedicaré la anteúltima frase de este post.
Al respecto, y relacionado con esta idea, se encuentra la siguiente frase
“respetalo/a porque es una persona mayor”.
O sea, que llegar a cierta edad, ¡se le brinda la expiación de todos los pecados! Si fui un niño malo y un adulto corrupto, a los 70 años me vuelvo ¡un venerable anciano! Un viejito al que se le piden (y se le escucharán –e inclusive llevarán a la práctica-) los consejos de este “indultado social”.

Creo que el respeto lo dan los valores, los sentimientos y las acciones que realizan los individuos y no el dinero, las jerarquías o la edad. Teniendo en cuenta esto último, uno debería darle el asiento del colectivo a terribles viejos hijos de puta como los de la foto de acá arriba (¿reconocen quienes son?) y no a un joven que viene de trabajar o un chico, recién salido del colegio, con una pesada mochila y guardapolvo blanco.
Por eso, imagínense las discusiones que tengo por este tema. Al respecto, permítanme compartir con ustedes la siguiente frase del genial Bertolt Brecht, que llevo como uno de los axiomas que me guian.

“El que no sabe es un imbécil. El que sabe y calla es un criminal”


¡Bienvenidos al Caleidoscopio!

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