Laura Garaglia: “Una novela no es una colección de anécdotas”

Con una vasta experiencia en la dramaturgia y en la docencia, encara su gran anhelo: publicar su libro. De esta manera, sacó hace poco “La marca que deja el agua”, exquisita novela que gira en torno a la inundación ocurrida en el sur del conurbano bonaerense en 1985 y el recuerdo de su padre. Laura Garaglia cuenta los pormenores de su primera publicación mientras reflexiona sobre la situación del teatro y su vínculo con la coyuntura actual.

– Laura, ¿cuánto tardaste en concebir “La marca que deja el agua”?

– Es muy buena pregunta porque no tiene una respuesta única. El libro fue concebido desde el deseo de, alguna manera, de homenajear, revivir, recapitular a mi papá tras su fallecimiento. Cuando encaré la idea de escribir, decidí que sea, de algún modo, la novela de papá. Pensé que debía mirarlo desde una perspectiva infantil. Volver a ese ambiente en el que siento que lo conocí. Recuerdo a ese papá resolutivo, amoroso, trabajador, entregado a la familia, a las hijas. Quería volver a imaginarlo así, aunque la novela no iba a ser un trabajo biográfico ni una reconstrucción memoriosa mía. Era contar una historia en la cual hubiera un personaje que refiriera a él para quienes lo conocieran y quienes no. Deseaba recrear esa imagen y esa presencia porque, si hay algo que uno puede decir de él, es que era una presencia.

– Es muy fuerte eso. No cualquiera tiene esa denominación de “presencia”….

– Es cierto. Cuando lo necesitabas, estaba. También tenía cosas de “solitario”, como quedarse con su vinito y su música. Cuando estaba, te dabas cuenta al toque, ya sea en una reunión o en casa. De esta manera, pensé en ese ambiente de mi infancia, que era de mucha circulación de amigos, de familiares. Vivíamos con mi tía adelante; mi abuela y mi otra abuela, a una cuadra. Quería recrear ese ámbito de lazos. La situación de la inundación vino por esa vía sensorial, de recordar ese momento. Ahí, más que lazos, era un rejunte, porque estábamos todos los evacuados, juntos en una casa.

– ¿La inundación sería la excusa quizás?

– Sí. Era un hecho fuerte que sirvió para amalgamar a todas las almas. Una invocación para todos los roles que aparecen en el barrio. La vecina «chusma», el vecino solidario, el trabajador y toda esa gente que no podía sostenerse sin la sociabilidad. Te cuento algo, empecé a estudiar teatro en el centro de Capital y el shock más fuerte era venir a la «gran ciudad». Es mi ciudad ya que la circulo desde los 14 años, pero era el anonimato. Iba a Teatro a un estudio que estaba en la planta baja al fondo, de un edificio. En los pisos de arriba, vivía otra gente y nadie se conocía. Una vez, llegué y le dije a un señor que estaba en la puerta, que iba al estudio de teatro. Me dejó pasar y me preguntó “¿Hay un estudio de teatro acá?”. No sabía que un vecino enseñaba teatro.

– Esa era la diferencia.

– Exacto. El mundo de mi infancia era de contigüidad. Si estaba en la calle, la vecina me miraba; si andaba en bici con mi prima, nos miraba la de enfrente. Salía mi abuela con la sillita y veía a todos los chicos jugando. Está idealizado en la memoria, porque, cuando crié mis hijas en un barrio muy cercano a ese, no pude dejarlas salir a jugar a la calle. Hay una idealización de esa infancia que, a la vez, era muy precaria, porque caían dos gotas y te inundabas. Fue redescubrir la luz y la sombra.

– A partir de un hecho como la inundación de 1985, hay una vuelta de tuerca en tus planteos en la novela.

– Igualmente, no tenía la necesidad de reconstruir una época, un pasado ni de contar mi infancia. Quería escribir una novela. El trabajo era la literatura, el lenguaje; la forma en que concibo o pienso que es la literatura que más me interesa. Todo giraba en pos de hacer esa travesía en el tiempo que, para mí, era un viaje sensorial -emocional si querés- de vocación y de escritura. Por eso, el rigor en la escritura como en la construcción de la voz. Esto tiene que ver con el laburo como dramaturga; ahora que escribí una novela, digo, novelista. (risas).

– Justo te iba a preguntar cómo fue para vos dar este salto de la dramaturga a la novelista.

– Fue muy difícil, muy complicado. A ver…yo escribí siempre, toda la vida, pero me había acostumbrado a la imagen y a la escritura teatral. Doy clases de análisis de texto teatral, que es un sistema de engranajes muy precisos. La escena se tiene que sostener y lo que la sostiene es la situación; si no hay situación, enseguida se nota. Es cuando el dramaturgo se engolosina con el lenguaje, con la poesía, con la narración. Puede pasar.

En cambio, ahora me podía detener en la descripción, seguir, meterme en el agua –es una inundación-, en lo que se hunde, lo que flota y que “no pase nada” en términos de “acción”. A la vez, lo que implica la novela es de largo aliento. Es decir, lo que planteo en el “momento uno” debe llegar hasta el final con aire. Que el jugador arranque y llegue al área, siguiendo la metáfora futbolista, sin truncar la jugada. Si no llega el planteo al final, es un gran problema. La novela debe tener esas modulaciones o meandros, pero también su eje. Es lo más difícil. Me costó mucho llegar al final.

– ¿Cuánto tiempo tardaste en terminarla?

– Es una pregunta buena… El proceso total llevo dos años que son de una trabajadora…que no trabaja de escritora. No sé sí se entiende. Esos dos años no son como los de Isabel Allende que empieza el 1° de enero su nueva novela y escribe tres meses todos los días. No fue así. Trabajo, doy clases, tenía mis hijas, mis temas de laburo. En estos contextos, uno escribe robándole tiempo a la cotidianeidad y al “vivir que solo cuesta vida”. Se roba el tiempo para una actividad, en principio, improductiva, que es intentar escribir una novela. Cuando estás en la página 34 no estás escribiendo una novela, todavía lo estás intentando.

– Entonces…

-… ya en la 68 estás un poco más encaminada, pero seguís en el intento. En mi caso, no voy con un plan tan claro. Cuando encontras el núcleo dramático de la novela, vas en un camino más certero, pero seguís robándole tiempo a la vida cotidiana y al trabajo. En definitiva, la empecé en el taller de Gloria Peirano (supongamos, en abril-mayo de 2018) y la terminé en diciembre de 2019. Esto fue por una beca Creación del Fondo Nacional de las Artes que me iba poniendo plazos para entregas del proyecto. Era una beca de finalización de proyecto.

– La terminaste en 2019, ¿no?

– Sí, en 2019 y después en 2020 vino la pandemia. Ahí fue corregir, corregir y corregir. En 2021-22, hice una clínica con Gloria de nuevo para cerrarla. Había nacido en su casa y quería que me diga que estaba bien. Ahí empezamos a buscar editorial.

– ¿Cuánto cortaste del original de hojas?

– Se corta y mucho. Cuando pones al muñeco parado, le ves todos los defectos; lo que sobra y lo que falta. Esto se arregla con las correcciones y con el proceso de edición.

Igualmente, es una novela corta y vertiginosa. Si bien el planteo es la detención de la rutina cotidiana por causa de la inundación, la forma narrativa es bastante veloz. No tenía cosas colgadas. La trampa de pensar la propia infancia a través de la escritura es querer que entre todo y no se puede.

– ¿Cuesta mucho ese criterio de selección?

– Y si… Hay cosas que puse y las saqué, porque no venían al caso. Por más que sea un recuerdo de infancia que es novelesco, no era para esta novela.

– Sería el regodeo que me dijiste, hace un rato.

– Claro. Mis primos y mis hermanas, con quienes conviví en esa infancia, me dicen, “Ay, ¿por qué no pusiste?”. No entraba, no se me ocurrió o no me acordé. La verdad es que una novela no es una colección de anécdotas. Pueden ser muy buenas, pero si no van al hilo de una historia….

– Decís que la novela habla de la «detención en el tiempo». Cuando la estabas escribiendo, llega la pandemia y se para todo de nuevo.

– Exactamente, como si hubiese una correlación… Me gusta la relación de la inundación y la pandemia como catástrofes de diferente modo de la naturaleza, inevitables e incontenibles. Sinceramente, cuando el agua entra, no hay manera de pararla; lo mismo pasó con el virus. Cuando estaba en Europa, decíamos “acá no va a llegar”. Cuando llegó, se desparramó y fue incontenible, como esos desastres naturales. La pandemia fue una catástrofe de algún modo natural -creamos en eso- que generó otra a nivel social en la que, de algún modo, todavía estamos inmersos y no nos terminamos de dar cuenta.

La reflexión/pregunta es, si una novela ambientada en 1985 sobre una tragedia natural, nos puede de algún modo linkear con nuestro presente, con esa pérdida de lazos, de comunidad y ese aislamiento en el que vivimos.

– En la novela, hay un “día después”. Más allá de esa detención del tiempo, hay valores de solidaridad, de empatía, de pertenencia y de identidad que atraviesan a esa sociedad. Ahora no.

– Si, si. Por eso me gusta contar esta historia. Victor Hugo Morales dijo en la radio que “es un relato de quienes no tienen nada o tienen poco y ayudan al que la está pasando peor”. Ahora, estamos en un momento en que nos centramos en nosotros mismos y en lo que nos falta. Vivimos en un universo hipertecnologizado que nos está señalando todo el tiempo esa carencia. El que tiene, lo exhibe y señala al que no. Hay una adicción a ver qué falta y que tienen los otros. Se debería parar la pelota y mirar a quien tenemos al lado. Estamos muy en Babia con respecto a cuidar la propia quintita y no caer donde está caído el otro, cuando vamos a terminar todos caídos. Sí no empezamos a pensar que “no hay paraíso en soledad”, y que los movimientos son colectivos, como el Ni Una Menos, sonamos.

– ¿Vas a llevar la novela al teatro?

– Me lo han preguntado, pero no. Son universos diferentes. Es que, ahora que vos me lo decís, tal vez se podría hacer, pero no se me ocurrió desde el comienzo. Podría pensarse en adaptaciones de teatro audiovisual lo cual sería hermoso, pero no sé si me metería yo hacerla. Que lo haga otro, me parecería buenísimo. Me encantaría en tanto me gustan esos cruces de lenguaje.

– Te pregunto por tu condición de docente y dramaturga. Antes, los alumnos querían aprender teatro; después ¿el interés pasó a salir en la tele o entrar en un casting?

– Si, pasa. Los alumnos cambian, por cómo se cuentan las cohortes en sociología, en camadas generacionales. Cada cinco años cambia el alumnado, porque el mundo se mueve, suceden hechos como la pandemia, la tecnología y se modifica su forma de aprender, de socializar, de estar en la escuela o en el ámbito educativo. Por ende, cambian los objetivos.

Ahora, en esto que hablamos del individualismo, veo menos jóvenes y/o adolescentes que son mis alumnos, preguntándose qué quiero hacer de mi vida, qué quiero ser, sino cómo voy a sobrevivir, cómo voy a zafar. Cómo la voy a pegar para no estar corriendo al mango. La preocupación, a causa de la crisis, es cómo sobrevivir –en tanto ser adulto- y no en hacer algo que me gusta. Es muy preocupante este momento de la alumnada.

– Estoy escuchando lo que me estás contando y no voy a decir que el pasado fue mejor…

– “Mañana es mejor” …, tal como decía el Flaco.

– Recuerdo desde músicos hasta deportistas que apelaban a este tipo de actividades como forma, como trampolín para porque había una necesidad de éxito económico. Ahora, es como que fue todo está más mercantilizado.

– ¡Totalmente!

– El ir a una academia para aprender a jugar al fútbol, a tocar la guitarra, a actuar, a escribir.

Es ir tras ese objetivo que es pegarla. Eso es muy difícil. En la escuela pública de teatro, en la EMAD, no lo veo tanto. Hay otro tipo de compromiso con la actividad.

En cambio, una escuela terciaria es muy costosa para un adulto porque es una cursada diaria y hay que sostener un montón de materias. Ahí veo más una vocación y un amor por el teatro. Después, en la universidad, tengo grupos de primeros años con una gran preocupación por pegarla. “Hago lo que estoy haciendo para….”. Esto redunda en una baja de la matrícula en las carreras humanísticas, tan necesarias como Trabajo Social, Sociología, Comunicación, ni hablar de Letras. Ese “¿de qué vas a vivir?” del que nos reíamos de la tía que preguntaba preocupada eso, ahora la están teniendo los pibes. Eso, les mata el sueño que puedan llegar a tener.

– Se corre el objetivo del diseño de la propia vida.

– Claro. Cuando hay crisis económicas tan fuertes como la que estamos pasando, derivan en otras morales. Vender “Only fans” o el tema de las apuestas “on line” son un flagelo para los adolescentes. Se pierde la idea de un plan para la vida y seguir con objetivos para cumplirlo. Te puede salir o no. Ya sabemos que, “de los planes se ríe Dios”, pero esta idea de planificar, de decir “me gustaría llegar a este objetivo”… Hay que trabajar y formarse para eso. Después, la suerte puede acompañarme o no pero ahora no está eso. Se piensa en lo inmediato. Desde esa lógica, no sale nada, porque lo lindo viene de un proceso. Para mí, hacer el teatro no es el momento del estreno sino es el proceso. Desde la escritura o la preparación del objeto con mis compañeros, el descubrimiento de los ensayos y eso no te lo pagan.

– En absoluto.

– Ese día de escribir la novela en casa a la madrugada…es obvio que no lo pagan. Seguro. Justamente, estoy hablando con vos después de esforzarme tanto y que el libro exista.

– Tocaste el tema de la concepción teatral. Hiciste “74 días de otoño”, un unipersonal de Malvinas….

– Sí. Estrenamos en 2017 y giramos 2018, 2019.

– Hubo una gran camada de unipersonales femeninos, que sigue vigente. Ahora, los hombres se están animando más pero las actrices lo motorizaron. ¿Por qué se dio esto?

– Mirá, el unipersonal es muy difícil para sostener la atención de la obra en un solo cuerpo, una sola figura. Eso lleva mucho esfuerzo; lo mismo en términos de producción del teatro independiente de Buenos Aires. Es esa necesidad expresiva la que lleva a las mujeres a buscar mucho, aunque sea para hacerlo solas, el material para poder actuar.

En el caso de “74 días de otoño” eran/son cuatro personajes. Cuando la escribí, sabía que lo iba a hacer una mujer sola. Era un desafío hermoso para la actríz hacer un soldado varón, una madre, una hija, y lo hizo con muchísima solvencia. Era arriesgado porque en el arte, todo el tiempo estamos pisando arenas movedizas y tenía miedo de que le dijeran “¿Por qué haces de chabón?”. No es solo hacer de un chabón -el teatro surgió con tipos haciendo de minas- sino de un soldado de Malvinas que, al día de hoy, está en ese panteón de reverencialidad en la sociedad que es el ex combatiente. Cuando vinieron a ver la obra, les temblaban de verdad las patitas, pero no porque estaba actuando. Fue un trabajo muy bien recibido, destacándose la actriz, al igual que todas las que hicieron unipersonales con una entrega total.

– Es cierto.

– Fue muy emocional. Creo que una de las razones puede ser la necesidad de las actrices de comunicarse, de trabajar, de hacer y bueno, hacer una pequeña compañía con directora, dramaturga y poder salir al ruedo con lo poco que se tiene.

– En esa década del 2010-2020, quizás del 2007 para adelante, hasta la pandemia, hubo una explosión muy grande en teatro independiente, de unipersonales femeninos escritos por hombres, tal el caso de Santiago Loza. Después las mujeres empezaron a crear sus propios textos para terminar haciendo una compañía. La usina creativa de las actrices-dramaturgas-directoras argentinas es enorme.

– Es cierto, siempre con mucha formación. Quien se larga a escribir, sobre todo dramaturgia, es porque vio mucho teatro, leyó y tiene un cierto conocimiento de la literatura dramática. Además, hay un respeto a la tradición del teatro independiente, de quien lo hace. Decir, “voy a hacer una obra de teatro” en el ámbito del teatro independiente de Buenos Aires, no es en cualquier lugar. Está el Teatro del Pueblo, antes Teatro Abierto y atrás hay un montón de universo político que sostiene la actividad. Esto es muy respetado por aquellos que se aventuran.

– Las últimas. Si te dan un formulario y le preguntan a Laura Soledad Garaglia, por su profesión, ¿qué pones?

– “Docente” aunque si tuviese que poner la verdad, debería poner “escritora” porque es lo que soy desde que tengo memoria. En la novela, hay una niña que explora el lenguaje para pensar en cómo contar lo que vive.

– Una especie de Laura la exploradora.

– Claro. Una exploración, aunque como persona, nunca tuve dudas. O sea, no exploraba ya que siempre lo supe.

–  Te imaginás haciendo otra cosa que no sea escribir, actuar, dirigir.

– No, nunca me imaginé nada y nunca quise ser otra cosa. Cuando te preguntaban de chiquito qué querés ser, decía “maestra” porque me interesaba el conocimiento. Era lo que recibía en la escuela. En un momento, me enteré que existía la carrera de Letras y siempre dije –aún con 9 o 10 años-, “voy a estudiar Letras”. Es lo que hice y aquí estamos.

– Si por la puerta del bar Celta entrase la Laura Soledad Garaglia de 18 años, ¿qué le dirías? ¿Algún consejo o recomendación?

– Le diría que confíe en lo que quiere porque lo va a hacer, ya que no puede dejar de hacerlo y lo puede hacer bien. La verdad es que las inseguridades -en la adolescencia o en el comienzo de la carrera-, estuvieron siempre. Por eso, si bien siempre quise escribir novelas, demoré un montón en hacerlo, por cierta inseguridad. Entonces, me daría un poco de confianza de que puedo hacerlo antes. Si, si, le diría que confíe.

«La marca que deja el agua”, de Laura Garaglia. Ediciones Corregidor.

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