La isla flotante (Teatro)

El lado «B» de Malvinas


Dramaturgia y dirección: Patricio Abadi. Con Jimena Kroucco, Nicolás Mizrahi y Alicia Palmes. Vestuario: Cecilia Zuvialde. Escenografía: Ariel Vaccaro. Iluminación: Ricardo Sica. Sonido: Malena Graciosi. Fotografía: Paula Marrón. Diseño gráfico: Romina Juejati.


Teatro Onírico. Fitz Roy 1846. Sábado, 21 hs


El teatro Onírico tiene la particularidad que, dentro del espacio geográfico que ocupa, tiene lugares donde puede desarrollar historias de esas que te dejan sentado un rato después de haber terminado la función.

Por este motivo, para hablar de “La isla flotante” partimos del lugar donde se desarrollan los acontecimientos. Será una habitación pequeña que se transformará en el living de una casa de esas familias bien humildes pero que mantienen la dignidad de quienes le pelean a la vida, cada minuto de su existencia. Este living, que cuenta con una escenografía casi fotográfica -excelente reproducción de época- en tanto el detalle de los objetos utilizados, será el lugar por el cual el espectador contemplará el devenir de los acontecimientos, casi en un estado de voyeur.


Ramón fue convocado para ir a Malvinas por lo que su mamá, que trabaja de empleada doméstica, hace una cena familiar para despedir a su hijo. Será en ese momento cuando haga llegue al hogar la profesora de Lengua y Literatura del secundario de Ramón con otras ideas al respecto.

Patricio Abadi creó una historia pequeña, simple sobre Malvinas pero sin acentuar el caracter político del hecho. Tomó aquello que no es tan visto como una familia por dentro, atravesada por el conflicto bélico. Tan delicada como sensible, a la puesta no le falta absolutamente nada. Desde su carácter de dramaturgo, Abadi captó los mínimos detalles para crear un mundo absolutamente creíble pero con alta ternura. Las situaciones se desarrollan con dinamismo y naturalidad, dando cuenta que el relato es armónico en su estructura. Los diálogos serán atravesados por el amor, la angustia, la incertidumbre y la esperanza.

Será Alicia Palmes, la encargada de llevar adelante con excelencia ese mix de confianza y preocupación propio de una madre frente a una situación tan comprometida como la de su hijo. Ese amor que se percibe en su mirada y su silencio para con un hijo que es la luz de su vida, tras el fallecimiento de su esposo. Su composición es exacta. Desde su vestuario hasta la forma en que lleva adelante ese texto en el que la observación fue minuciosa. Inclusive en detalles como la conciencia de esa mujer que se desvive por acompañar a su hijo en su partida al sur pero que no puede dejar de ir a trabajar a lo de “la señora, porque no me dio permiso para ir a despedirte”. Con precisión quirúrgica, Jimena Kroucco compone a una profesora tan audaz como romántica, que plantea ideas acordes a su personalidad de mujer de carácter. Nicolás Mizrahi es un Ramón que se debate entre sus miedos propios de quien está saliendo de la adolescencia pero que no cuenta con todas las herramientas necesarias para salir a un mundo exterior, con una guerra que es “grande y pisa fuerte”.


En “La isla flotante” está todo en su lugar. Desde las actuaciones, la dirección hasta la puesta y la dramaturgia pasando por una duración exacta y un final que te deja atornillado a la silla por su contundencia. Triste y reflexiva, no cae en la depresión sino que permite reflexionar sobre esos pequeños momentos previos a un gran acontecimiento. Más aún si tienen un trasfondo político el cual en este caso, sabiamente, es esbozado pero no contado, para centrarse en las personas y sus vivencias como tales.


Sensible pero sin caer en el golpe bajo, “La isla flotante” trae el contexto de la Guerra de Malvinas a las tablas, con una propuesta de calidad.

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