El disco consta de trece canciones aunque habrá tres “separadores” conformados por la frase “Si amores me han de matar”, de San Juán de la Cruz, que formaba parte de una copla que solía cantar. Será esta frase, antecedida por el sonar de campanas y de un laúd, la que dará el puntapié inicial de un CD que viajará por diversos estilos musicales. Con “De verdad morir yo quiero”, el piano marca el rumbo al tiempo que el clarinete y la flauta dibujan melodías y frases que enriquecen el sentido poema de Safo de Lesbos, desbordante de un mundo femenino tan sensible como brillante. De esta poetisa griega retomará Horovitz “Y voy a acostarme sola” en donde el violín da inicio a un bolero. Buen trabajo de Black Rodriguez Mendez en congas, bongó y maracas asi como la dupla de viola y violín en el desarrollo de la melodía.
Pero lo aquí parece letra “fría y concreta” para el lector, será una pequeña guía para que inicie una travesía por diversos estilos musicales y estados personales. Por ejemplo, en “A histeria”, la pluma de Leopoldo Lugones convertirá a la selva como una sucursal de las tinieblas en la Tierra. El violoncello brinda su toque de dramatismo al comenzar el tema para después, girar hacia ritmos más folklóricos. Inclusive, con alguna reminiscencia rioplatense en sus coros. Paso siguiente, con un ritmo infantil, suena “La Petaquita”, una cueca bien tradicional, de corta duración en esta tierna versión, que preanuncia la llegada del dramatismo de “El sueño de la muerte”, de Alejandra Pizarnik. La congoja de la letra es muy bien tratada por la música que no la deposita en un clima de pesimismo sino que abre el abanico a un clima de mayor tranquilidad. Se le quita esa aura de pesadumbre que rodea la situación del fín de la vida, como si fuera simplemente a otro estado del cual se desconoce su forma. La sutileza de Ezequiel Finger en el vibráfono brinda su toque particular entre las notas que saltan de las teclas de Rosenberg.
En “Si mis manos pudiera deshojar esta dulce queja”, se aprecia que el axioma “mas es menos” es una ley inquebrantable. El piano de Rosenberg crea un clima exacto para que Horovitz desgrane su mix de “Si mis manos pudieran deshojar” y “Soneto de la dulce queja” de Federico García Lorca. La combinación de ambos poemas es excelente y absolutamente conmovedora siendo uno de los mejores temas del disco al tiempo que es el más corto del álbum. La voz de Horovitz logra su contrapunto exacto con el piano de Rosenberg
A esta altura del disco, debemos destacar el arte de tapa y su cuidada edición. Una noche luminosa donde la poesía impera con melodías acordes a los diversos estados. Las fotografías internas reflejan todo un trabajo conceptual al respecto. El sonido del álbum es claro y limpio lo cual permite un mayor disfrute de la versatilidad musical que propone el disco. Tal es el caso de “El corazón de Antígona”, inspirada en “Antígona o la elección”, de Marguerite Yourcenar. El flamenco se apodera del tema con su conmovedora atmósfera. La flauta se intercala con el zapateo, la guitarra y las palmas propias de flamenco.
Trompeta y piano abren “El corazón de las tinieblas”, adaptación realizada del cuento homónimo de Joseph Conrad. El clima cinematográfico del tema se condice con el dueto entre Horovitz y Alfredo Piro. La atmósfera de la letra transmite la tensión y el horror, nombrado por su propia condición, de una historia de diversas interpretaciones. Oír en ese clima un verso como “Pensé que el cielo se derrumbaría sobre mi/El mar oscureció bajo una densa nube negra”, es estremecedor. Con “Canción del Sauce” es ineludible retrotraerse a los libros del colegio primario que hablaban de algún “sauce llorón”. En este caso, es una versión de una poesía de autor anónimo que fue utilizada por William Shakespeare en Otelo. El tema tiene una ambientación más bucólica que logra su épica en la voz de Horovitz.
El disco cierra con las poesías y textos propiamente dichos con “Deja tu comarca entre las fieras y los lirios”, tema que da título al álbum. En este caso, será la personalísima pluma de Marosa Di Giorgio la inspiradora de un tema donde el clarinete y el acordeón tienen sus momentos de lucimiento en la melodía. La letra abre la puerta a un mundo paralelo, de sensualidad onírica y carnal, un paraíso natural donde el amor y lo fatal pueden convivir tanto como lo previsible y lo sobrenatural. Amores que matan nunca mueren en el que el final de “Quería juntar los pétalos, reconstruir la miel, sacarlo de la muerte, ganarlo para siempre, que no tuviera fín este poema” es simplemente vibrante.
Daniela Horovitz propone un imperdible viaje mágico y misterioso a la obra de grandes autores de la literatura. “Entre las fieras y los lírios” combina lo clásico con la frescura de nuevas y subyugantes melodías