Las dos caras de una atrocidad
Texto y dirección: Mariano Pensotti. Elenco: Rami Fadel Khalaf, Alejandra Flechner, Diego Velázquez, Susana Pampín, Horacio Acosta y Pablo Seijo. Músico en escena: Julián Rodríguez Rona como músico en escena. Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte. Música: Diego Vainer. Producción artística: Florencia Wasser. Iluminación: David Seldes. Video: Martín Borini y José Jiménez. Colaboración artística: Juan Francisco Reato. Dramaturgista: Aljoscha Begrich. Realización del documental: Guión y dirección: Mariano Pensotti. Arte: Mariana Tirantte. Producción general: Florencia Wasser. Dirección de fotografía: Soledad Rodríguez. Asistente de cámara: María Eugenia Brigante. Gaffer: Eugenia Gargano. Asistente de dirección y edición: Ignacio Ragone. Asistencia general: Juan Francisco Reato. Equipo de arte: Lara Stilstein, Tatiana Mladineo y Luli Peralta.
Teatro Presidente Alvear. Av Corrientes 1659. Jueves a domingos, 20 h.

Suele ser bienvenida la riqueza de los planteos que, al día de hoy, puede hacer el teatro. Más que nada por la posibilidad de adquirir y estirar las fronteras de los conocimientos y debates internos que puede encarar el espectador. Esto es algo que, en ocasiones, el teatro parece haber olvidado en detrimento del “entretenimiento” ante tanta coyuntura adversa. No es el caso de «La obra», que presenta Mariano Pensotti en el Teatro Presidente Alvear.
Al respecto, pareciera que Pensotti se tomó muy a pecho el axioma de “no confundir seriedad con amargura”. Tras el éxito de “Una sombra voraz”, retoma un formato que le es familiar para concebir una historia que, como una perdigonada certera, impacta en varias direcciones.
Como suele pasar con las creaciones de Pensotti, hay un universo que se abre hacia distintas latitudes, desde el mismo inicio. El título es tan abarcativo como preciso. Parece general y difuso pero, como dicen por ahí, «el mejor truco del diablo es hacernos creer que no existe». ¡Y cómo! La concepción general de la puesta es profunda, con guiños hacia el humor y la ironía, viajando a través del tiempo.
La voz de Walid brinda el puntapié inicial del relato. La historia de este joven, traiciones de por medio, lo llevará a la Argentina para desentrañar la vida de Simón Frank, un sobreviviente del Holocausto. Desde la ciudad de Sívori, Simón busca llevar su historia a las tablas a partir de una obra de teatro («La obra») en la que su doble filo puede terminar hiriendo a más de uno.
La dramaturgia es elocuente a partir de los hechos y situaciones que va describiendo con precisión quirúrgica, no exenta de sensibilidad. Los giros y quiebres en la narración mantienen la atención, vinculándose con la actualidad de lo que podría estar ocurriendo –no de manera literal- en sociedades atravesadas por la incomunicación propia de las redes sociales. Más aún, cuando la memoria, la historia y la verdad empiezan a tensar la relación con el espectador y su selectiva elección de «creencias» y «certezas».
Un dispositivo circular, que gira constantemente, ambienta la acción que, sin prisa pero sin pausa, se abre como si fuera la flor en su estado de capullo. De alguna manera, recuerda a «El pasado es un animal grotesco» para encarar a posteriori, una nueva propuesta. Si bien hay un uso importante de imágenes y videos, el meollo, la esencia está puesta en la palabra y su consabido desarrollo. Es el buque insignia en el que se viaja a través de los años y geografías que van desde Beirut a Sívori, pasando por Varsovia o Lyon. La reivindicación de un nombre, de una persona, de un legado que debe transmitirse por su riqueza.
Por tal motivo, no vuela una mosca en la platea. Se logra el pequeño/gran milagro que no suene un celular que rompa la atmósfera. El elenco (Rami Fadel Khalaf, Alejandra Flechner, Diego Velázquez, Susana Pampín, Horacio Acosta y Pablo Seijo) forma parte de ese engranaje de precisión al que dota de su probadísima calidad. Entra y sale de la acción para ponerle voz a los hechos que es esa madeja que se deshilvana con exactitud. Es pura creación de sentido con momentos de lucimiento para cada uno de ellos, por más que haya un predominio de la idea de la importancia del «todo que la suma de las partes»
Las luces se apagan y «La obra» llega a su fin. Mariano Pensotti lo volvió a hacer. Estalla un aplauso sostenido, de agradecimiento por lo que se ha presenciado. Una gira mágica y misteriosa teatral que llevó a la platea a recorrer diversas situaciones de las cuales no se puede (ni debe) permanecer callado ni pasivo.
