Recuerdos de provincia
Dramaturgia y dirección: Agustín Meneses. Actúan: Dana Basso, Federico Buso, Cecile Caillon, Eug Krla y Julieta Raponi. Actuación en video: Matías Broglia y Florencia Raggi. Diseño de vestuario: Julieta Capece. Diseño y realización de escenografía: Agustín Justo Yoshimoto. Redes Sociales: Juani Romero. Diseño De Iluminación: Federico Montes Cisneros. Asistencia de escenografía: Lautaro Rengel Grosso. Fotografía: Nacho Lunadei. Asistencia de dirección: Vivi Huerin. Asistencia De Escenas: Sebastian Cargnelutti. Prensa: Adriana Schottlender. Producción ejecutiva: Carola Parra.
Espacio Callejón. Humahuaca 3759. Sábados, 17 h.

¡Qué difíciles que son las fiestas! Suele ser un compendio de sentimientos encontrados en tanto-supuestamente-, es un momento de encuentro y celebración. La realidad es que, para una mayoría silenciosa, la repetición constante de una tradición hipócrita solo sirve para ocultar la basura debajo de la alfombra. A esto, hay que sumarle que, en ocasiones, termina siendo un corsé del cual es imposible zafar. «Lo primero es la familia» gritaba Guillermo Francella, los domingos al mediodía por la televisión, con un vaso de vino en mano, para cimentar ideas paleozoicas.
Lo descripto se acentúa en algunos lugares cuando la celebración -en este caso, Navidad- cuenta con la conformación de un pesebre viviente en el marco de la conmemoración que se festeja. Una familia encara la festividad con uno de sus miembros –Raquel- batallando contra una fuerte enfermedad. Esto implica el retorno de Mila, su hija, “al pago”, tras su partida por motivos que se develan en el relato. Prejuicios y conciencias que atrasan años, de por medio.
Las cartas están echadas y, de a poco, van y vienen de acuerdo a la actividad -o no- de los protagonistas. Elvira quiere ser la Virgen María del pesebre pero su propia tía le corta sus deseos, con toda la impunidad que brinda la adultez ante los niños. Nadie debe salir del rol otorgado, aún cuando esto implique una mejora o beneficio para quien desee escapar.
Es en ese preciso instante, cuando la dramaturgia concebida por Agustín Meneses comienza a desarrollar su juego. Su sencillez y su claridad es fundamental para mostrar y exhibir las –no tan- pequeñas “miserias” humanas que se permiten en nombre del vínculo filiar. Es esa incomodidad que atraviesa las reuniones cuando aquél que rompe la “normalidad” suele ser inquirido por quienes se atribuyen deberes morales que, vaya a saber uno quién, se los otorgó. Se vive una “pax armada” pero, ¿alguien pensó sobre el por qué de dicha situación? Esta reflexión implicaría detonar ese AIE llamado familia en pos de un término tan banalizado por su uso –y abuso- como es la “libertad”.
La colectora de “es un chiste” o “y bueno… ¡es así!”, empieza a someterse al merecido escrutinio que implica el paso del tiempo. No es fortuito que, quienes más se aferren al mantenimiento del statu quo sean los mismos que mayor hipocresía tengan “puertas adentro” de sus existencias. Son los verdugos de sus pares a los que, en vez de ayudar, confrontan y desprecian. Nada peor que un espejo que refleja lo que no se quiere ver y menos, hacerse cargo.
El diseño del espacio es preciso en tanto establece lugares donde se despliega la acción como diversos hechos que la conforman, sin ser vistos por el ojo público. El elenco es sólido en la forma que llevan a cabo sus respectivos personajes, en especial, Julieta Raponi que compone una Elvira entrañable.
“No me dejes en Belén” atrapa a partir de su concepción, como si fuera la punta de un iceberg. En el marco de una puesta que tiene todo en su lugar, con un desarrollo que hace honor al axioma “sin prisa pero sin pausa”, hay una invitación a reflexionar sobre las particularidades de una “familia muy normal”. Una que es, -quizás- demasiado parecida, a la mía y la tuya.
