Una escena inolvidable: «Dawn”, en “Tiempos Modernos» de Charles Chaplin


El cine ha brindado una gran cantidad de momentos que se quedan grabados a fuego en el recuerdo de las personas. Tomar solo uno, sería muy poco. Con tiempo, haremos terapia y catarsis cinematográfica de esas situaciones que ha acompañado la vida de uno.

La primera vez que ví “Tiempos modernos” fue en casa de unos tíos ricos con delirios de progresismo democrático pero con una realidad intermedia acorde al semipiso que habitaban geográficamente, en una calle entre el Hospital Militar y la Avda Libertador. 
Al grito de «Vamos a reírnos con una de Carlitos Chaplin-con acento en la i«, vi por vez primera, a mis diez años, una película seminal en cuanto a valores y conceptos personales con los que he crecido a lo largo de los años. La libertad y el afrontar los desafíos de la vida «sin perder la sonrisa» (como dice El Salmón) se condensan en esta última escena a la que hago mención. Demás está decir que en esa velada, mis tíos se quedaron con la primera hora de gags y después…se levantaron a tomar la merienda. Lo “gracioso” ya había pasado… y el nene (o sea, yo) estaba entretenido mirando. “Debe ser medio raro. Ya terminó lo interesante y sigue mirando” dijeron pero no me importó su opinión.

Son los dos últimos minutos y siete segundos finales bajo el título de “Dawn”, los que voy a destacar dentro de esta gema del gran Chaplin. Después de haber pasado por múltiples peripecias, un travelling baja desde la ruta hasta la banquina y nos muestra como Chaplin y la niña (Paulette Goddard) se encuentran como Fito Páez, al lado del camino. Los dos están sentados, tristes hasta que la chica rompe en llanto. Allí, Chaplin se acerca y la consuela. Le habla y se le comprende lo que dice. Le pide que se levante y que siga adelante. Se levantan y caminan por la ruta, por el medio de la misma, sin esconderse. Eso si, le pide una sonrisa, la mejor arma contra los duros de corazón. En todas las dictaduras, los primeros que son prohibidos son los cómicos. Porque la risa molesta y va más allá de la alegría en si. Y así, Charles y la niña se van, tomados del brazo, dispuestos a enfrentar al mundo.
Todo lo que hay dando vuelta alrededor de esta escena con respecto a los simbolismos, alegorías y metamensajes son proporcionales a la cantidad de personas que la hayan visto y conmovido de la misma manera que me pasa a mi cuando la veo. Levantarse y luchar. A seguir adelante… «aunque sea por curiosidad», como dice Eusebio Poncela en “Martín (Hache)”.  
Hay quienes dirán que hay conformismo, resignación y hasta cierta hipocresía que se postula a través de esa «sonrisa». Dudo que sea el mensaje original aunque por las deformaciones propiciadas por la sociedad en que se vive, encuadraría perfectamente esta visión. El sonreír…el ser «políticamente correcto», egoísta, con una visión de lo que ocurre limitada al propio ombligo, pasteurizado y con todas las bondades del agua mineral aplicadas al individuo: incoloro, insípido e inodoro.

Aunque suene naif o sentimentalmente inocente, el motor de esta escena es el amor. Ese amor que se tienen dos personajes los cuales estarían a la deriva si no contasen el uno con el otro. Y es ese amor el que les permite enfrentar cualquier circunstancia de la vida. Las buenas y de las otras que, generalmente, no tienen que ver con uno en particular sino con un contexto sucio y falso que es capaz de poner en tela de juicio hasta el amor más puro. Porque… ¿Para que esta la culpa, el prejuicio y el egoísmo? Para poner piedras en el camino ya que siempre es más fácil obstruir que construir por más que la historia no la hayan escrito ni los tibios ni los cobardes.
Además, para destacar la crítica a los que supuestamente deben ser los garantes de la ley y el orden, como la policía y los jueces a través de una visión represiva y represora. Que aparece en todos lados, agobiante y asfixiante. En la escena previa a la que tomamos en consideración, la niña baila en un bar pero es arrestada ya que era buscada por vagancia y hurto (en tiempos de recesión y la gran crisis). De allí, nuestros héroes escapan hasta la escena destacada.
No voy a descubrir la gestualidad de Chaplin y que una mirada suya equivale a más de mil palabras. Solo quiero destacar una escena fantástica, de esas que te hacen emocionar y llorar pero no con una cursilería de telenovela sino con un contenido tan actual y tan en boga que merecería copiarse por parte de poblaciones ciegas de egoísmo de clase.

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