La gente no es el espectáculo

Si, aunque le duela a muchos, es asi. ¿Por qué lo digo tan tajantemente, ganándome el recelo -por no decir, la puteada- de muchos? Porque da bronca que muchas personas se priven de ver espectáculos por el deseo de protagonismo de unos pocos. Esto tiene que ver no solo con el ir a ver un Boca-River sin banderas ni bombos sino también con la muerte de Miguel Ramirez,  un joven que fue a ver a La Renga y la suspensión del show que iba a dar el Indio Solari.

Si la memoria no me falla, en la segunda década infame de la Argentina, los 90, se impuso de alguna manera u otra el hecho de que “el público es protagonista”. Lo siento, señoras y señores, no es asi.

Si voy a la cancha es para ver a mi equipo de fútbol desarrollar su juego con las tres chances que me brinda dicho accionar: ganar, empatar o perder. No voy a ver a gente saltando y cantando. Si algo me emociona es una gambeta de Juan Román Riquelme o un gol de Martín Palermo porque ellos juegan para mi equipo que es Boca Juniors. Durante años se cantó que “con los huevos de la hinchada” y no se cuantas cosas más. 

¡Mentira! 

Boca, siendo el equipo más popular de la Argentina, estuvo doce años sin ganar un título mientras que River estuvo dieciocho años sin levantar una copa. Si las hinchadas serían tan importantes, ¿a qué se debió tal sequía? Porque en un espacio determinado hay once jugadores enfrentados por bando para introducir el balón en el arco. Si, once contra once y ninguna hinchada hace goles.

El verso de “el folklore del fútbol” ha traído muertes a mansalva gracias a las bengalas, a demostraciones de “aguante” y demás. Nunca voy a terminar de entender el motivo por el cual había gente que le pedía autógrafos a José Barrita o al Rafa Di Zeo. ¿En concepto de qué? ¿Cuál es el mérito por el cual se le tiene que ir a pedir un autógrafo?
Esa mixtura fanática y fatídica entre el fútbol y el rock, hizo aún más grande las diferencias no solo de edades sino de cierto “conocimiento” del tema que aleja a muchos tanto de los recitales como de los partidos. Uno duda realmente que los que tanto manifiestan su aguante y amor por el equipo o la banda de sus amores sepan, por ejemplo, quien fue el gran Oscar Córdoba o en qué disco estaba la canción “Enlace” de los Ratones Paranoicos. Y repito la pregunta ¿por qué hay que darle entidad a estos cascotes?
 
Más aún cuando uno ha visto, por ejemplo, manifestaciones de intolerancia en recitales como la mítica lluvia de objetos contra Meredith Brooks cuando fue telonera de los Rolling Stones, en River, en 1998. Siempre cuento la anécdota que en el cuarto –creo- recital de los cinco programados, quien estas líneas escribe escuchó el comentario siniestro de un bodoque, decir muy suelto de cuerpo “Ehhhh, ¿¿quien es este viejo de mierda?? Cuando se va asi vienen lo’ Rollin’?”. El viejo de mierda era Bob Dylan y estaba cantando “Lay lady lay”. La indignación ante este comentario fue coronada cuando los Stones hicieron “Little Queenie” y “Starfucker”, y menos del 20% del estadio conocía dichas canciones.
Si voy a un recital es ver a mi artista haciendo su arte. Es obvio decir que yo no soy igual al que está ahí arriba, en el escenario. Carlos de Villa Tesei no es igual a Mick Jagger, Paul Mc Cartney, Juan Román Riquelme o Martín Palermo. No creo que Carlos tenga audiencias de cincuenta mil personas promedio para ver como desarrolla su trabajo, el talento para componer páginas musicales inolvidables o goles exquisitos. Además, si un energúmeno sube a un alambrado, sabiendo que va a lograr la paralización de un partido, ¿por qué debe ser aplaudido y reivindicado en su accionar? ¿Por qué debo considerar que una bengala en un recital tiene que formar parte del espectáculo cuando voy a escuchar “Ji ji ji”? ¿En que me cambia que “Ji ji ji” sea el pogo más grande del mundo si voy a escuchar a los Redondos? Porque cuando salió “Ji ji ji”, a lo sumo era el pogo más grande de Cemento y seguía siendo genial la canción. 
Recordemos algo: el músico o el deportista desarrollan su actividad como un trabajo. Guste o no, es un trabajo que a más de uno nos gustaría hacer pero ellos tuvieron el “don” de poder vivir de su arte para hacer música o jugar fútbol. No creo que a Julio de Palermo le guste que un par de idiotas lo insulten cuando trabaja de…..operador de call center, banquero o colectivero.
Las cámaras de la televisión siempre “ponchan” a idiotas escupiendo a los jugadores rivales bajo la atenta mirada de los presentes. Cuando los que escupen son chicos de 10 a 15 años, vemos que el problema es gravísimo. Más aún si los padres están con ellos. Como dijo Néstor “Pipo” Gorosito ante una situación de insulto, “hijo boludo, padre boludo”.
Inclusive vamos a ejemplos más pequeños y elocuentes como cuando uno va al cine y al teatro y hay un pedido de apagar los celulares que nadie respeta. Inclusive, hay quienes atienden llamados de teléfono o mandan mensajes en medio de la función. Lo peor es que se ofenden si alguien les dice algo. ¡El espectador es más importante que la obra! Otro ejemplo de mala educación es la escucha de los celulares en los colectivos a todo lo que da. Si tenés ganas de escuchar música, comprate un auricular y no expandas tu mal gusto. Otro interrogante que me surge es por qué siempre suena la misma bosta de música y nunca gente como los Beatles, Miles Davis, Cream o Piazzolla…..ja!
La cuestión de la educación es parte fundamental de todo este entuerto y lo que parece ser trágicamente cierto es que lo ocurrido en Cromañon no sirvió de nada. Si hay un pelotudo que va con una bengala después de lo ocurrido, es porque no entendió nada y su cerebro tiene las dimensiones de un carozo de aceituna. Pero claro, es inimputable. Porque el “aguante” y “los huevos” todo lo perdonan. Por más que la muerte haga el enésimo llamado de atención.
¡Bienvenidos al Caleidoscopio!

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