Se largó el BAFICI 2026 y empezamos con la «rotation» de todos los años, en busca de los títulos que deben verse, más allá de lo que se postula. Hoy abrimos el recorrido con una película israelí tan ácida como exacta. No apta para sensibles e hipócritas.
La gran cita cinéfila del cine independiente abre este 2026 con varias propuestas más que interesantes. Desde la perspectiva absolutamente personal de quienes solemos cubrir el BAFICI, es enriquecedora la selección de películas. Más aún cuando se puede realizar un análisis en línea directa con una coyuntura tan particular como la que estamos viviendo no solo en Argentina sino en varios países del mundo de gran visibilidad e influencia. Pareciera que, en este Arkham de sociedad en la que vivimos, el control es ejercido por los peores residentes de dicho espacio. Siempre, con el beneplácito del colectivo denominado “gente”.
En lo que al celuloide se refiere, empezamos este recorrido cinematográfico con una fábula corrosiva y atrapante por parte de un ex ganador del Premio BAFICI.
“Yes”. La debilidad (entre tantas cosas) de la fuerza.
Desde estas líneas, hemos destacado el compromiso de los directores israelíes para dar su punto de vista respecto a las detestables políticas que llevan a cabo los sucesivos gobiernos derechistas que rigen los destinos del Estado de Israel. El BAFICI le brindó su pantalla a nombres como Ari Folman, Avi Mograbi, Yoav Shamir y Nadav Lapid.
Justamente en este último caso, presenta ahora su última producción, la ponzoñosa y sarcástica “Yes”. Es menester recordar que Lapid había ganado el Premio BAFICI 2014 por “Ha shoter” –“Policeman”- y en el 2015, por “The Kindergarten Teacher”. De mirada crítica y con fundamentos sólidos en su pensamiento, Lapid retrata con arte y sin anestesia el devenir de una sociedad -que se autopercibía como- democrática y progresista convirtiéndose en varios aspectos, en todo lo contrario. Algo que, en la misma línea, en los últimos años, hizo Dani Rosenberg en “El desertor”.

Lapid sabe cómo llevar adelante una historia y lograr un efecto tan adictivo –con sus altos y bajos- como las sustancias que consume Y, protagonista de una historia que inquiere y molesta. Esto lo hace desde varios lugares que van desde la pacatería de cierta clase media bien pensante hasta los nacionalistas ombliguistas respecto al futuro del país y su vínculo con los vecinos.
Por eso, la presentación de Y y su esposa Jasmine es en una fiesta descontrolada que incluye al jefe del Estado Mayor las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) y algún que otro religioso portador de kipá y barba tupida. La imagen es solo la punta del iceberg respecto a un planteo serio respecto a como se ubican las altas esferas en relación con una guerra en la que se están llevando a cabo atrocidades de todo tipo, siendo la nación más occidental de la región.
El ritmo fragmentado del comienzo del film, se condice con el estilo de vida de Y. También es un esbozo del carácter del protagonista. Un músico de carácter extremadamente “precavido”, algo que no está muy bien visto en un país como Israel. Es la huida hacia adelante frente a los “cambios”. No importa si implica un pedido para hacer un himno nuevo que roza la discriminación más obvia, la construcción de una familia o simplemente, vivir la vida con sus “idas y vueltas”. Pero, ¿qué ocurre si en esa huída, hay que vender el alma al diablo? Hummmm.
Cada palabra, cada frase, está ubicada en su lugar preciso. Nada está de más. Desde el preciso instante en que el protagonista es el único que no tiene nombre completo y el título de la película parte de la diferencia entre el «Si» y el «No», estamos en presencia de una arquitectura lingüística destacada. La implicancia de decir si o no a las propuestas y tentaciones que implica estar en este mundo. El hacerse cargo de las decisiones tomadas, con la autocrítica correspondiente y el deseo de resolver los errores cometidos. Esto, sea tanto un individuo o un Estado.
Cada facto que se tira en forma de frase suelta como si fuera un mensaje de whatsapp, logra un impacto mayor. Rompe con el carácter frenético del ritmo de la narración pero no con ésta. Puede ser el sonido chirriante para cortar una escena con un flash de la situación de Gaza o una aseveración por demás profunda que parece venir de la nada pero está en contacto con un todo. Tal es el caso de “Los israelíes crecieron con la pregunta ‘¿Cómo puede la gente vivir normalmente mientras perpetran el horror?’. Bueno, ahora se han convertido en la respuesta”, que esboza una voz en off sobre el modo de vida de “los otros”. O el tan mentado “himno” que lo pide un magnate ruso y quien da el visto bueno es una empleada de origen africano.
Lapid sabe muy bien cómo utilizar las nuevas formas de comunicación, tal como la provocación a partir de lo filmado. Pero ojo, va más allá de eso. Hay una idea muy fuerte detrás de cada imagen. Una creación de sentido que le pega a la línea de flotación del orgullo israelí, que continúa reproduciendo discursos y visiones de sentido común insostenibles. Por eso, es común que alguno se levante y se vaya de la sala o directamente, levante el muro de la distancia a través de una siesta más que estentórea, con ronquido incluido. Son importantes detalles que hacen a la cuestión. De ahí es que, ante lo visto y el reflejo de una sociedad consumista, individualista y anómica, comienza a surgir la pregunta “¿Qué hacemos ahora con esto?”

El himno al que hace mención el film, existió en realidad en el marco del crecimiento del nacionalismo y el sentimiento de venganza tras la masacre del 7 de octubre de 2023. Es la “Canción para la victoria de la nueva generación” pergeñada por el grupo Frente Cívico. En realidad, es una nueva versión del poema «Hareut» (Hermandad), de Haim Gouri, escrito en 1948, tras la Guerra de la Independencia. La diferencia es que ahora pide el exterminio total de Gaza. La muerte para combatir la muerte.
Las locaciones en que se realizó la filmación llama la atención. El plano que muestra a Y mirando una Gaza humeante es toda una postal. También implica una forma de vida y el sadismo que implica llevarla adelante por parte de individuos que responden a los postulados de la sociedad occidental en tanto «exitosos». Después, no nos rasguemos las vestiduras cuando leemos que millonarios italianos iban a hacer “cacerías humanas” en la vieja Yugoslavia. Es la exacerbación del paso del «no saben lo que hacen» al «saben lo que hacen y aún lo hacen»..
El diseño de los personajes y sus correspondientes actuaciones son muy importantes. El muy creíble Ariel Bronz de vida a un hombre cuya metamorfosis irá de empatía a una distancia más que reveladora (o viceversa) por los vaivenes que tiene. Pero siempre construyendo los aspectos de su personalidad a partir de su relación con otros y su postura acomodaticia 24×2. Sus contrapartes femeninas son muy relevantes. Efrat Dor es Yasmine, la compañera de Y, que ve desde afuera, el devenir de los hechos. No tiene empacho a tomar medidas drásticas y fuertes según amerite la circunstancia. Quien vuelve del pasado para irrumpir en el presente y modificar el futuro es Leah, a cargo de una precisa Naama Preis (a quien vimos en el “Dios del piano” que también se presentó en el BAFICI). Leah es quien frena la vorágine de Y. Cuenta una parte de la historia (¿la “oficial”? –que tampoco implica que sea mentira-) para ver donde se encuentra un hombre que navega en su propio egoísmo.
La búsqueda de la polémica podrá ser criticada desde algún sector, pero es esta la única forma de que la gente abra los ojos. En la función hubo alguno que se fue y otra señora roncando a pata tendida. Es lo que Lapid buscaba. La incomodidad es palpable por más que haya un aplauso final. Hay molestia ante cualquier intercambio a partir de excesos que nadie quiere hacerse cargo. Pone la lupa no solo en el ejército sino en el pueblo israelí. Esto se condice con la nula capacidad de reflexionar sobre lo que ocurre y su grado de responsabilidad, siendo esta –quizás- la gran contradicción del pueblo israelí. La pregunta vuelve a ser “¿Qué hacemos ahora con esto?”
Una observación es que se ve la vida de una clase alta y media pero donde está la “gente común” de la que habla Jarvis Cocker en su himno inoxidable. ¿No aparece? ¿Por qué?
Habrá que ver como será el impacto en buena parte de “la cole”, aquí en Argentina, por su cercanía a Israel no exenta de obsecuencia y obediencia ciega a las políticas de Benjamin Netanyahu; seguido ahora por el orate de Balcarce 50 y su repentino despertar judío . La banalización en el uso del “antisemitismo” para intentar paliar cualquier crítica a Israel –que es un Estado como cualquier otro- termina siendo contraproducente y logra el efecto contrario. Esto lo escribe alguien que es judío, vivió en Israel y volvió en 2023.
Hoy en día, no falta quien diga que el tan alabado “White Album” de los Beatles, debería limitarse a las 14 canciones en vez de extenderse tanto. La cuestión es que, en esa extensión, se construye la –excelente- obra completa, aún con sus dudas. Algo así ocurre con “Yes”, que puede contar con minutos de más o alguna que otra repetición pero es contundente y destacable en su totalidad. Aún cuando cueste -a algunos/as-, hay que verla entera, ya sea para aplaudirla o criticarla pero si o si, amerita el debate a partir de sus incómodos planteos.
El arte debe modificar, cambiar y plantear nuevas preguntas e intercambios. Nadav Lapid lo hace con la maestría de los que saben. Ahora, depende de ustedes subirse a esta gira mágica y ponzoñosa. La pregunta sigue siendo la misma: “¿Qué hacemos ahora con esto?”
Funciones
Lunes 20 de abril. Sede Cinépolis Plaza Houssay Sala 2. A las 21:25 h.
Miércoles 22 de abril. Centro Cultural 25 de mayo Sala Principal. A las 13 h.
Ficha técnica.
Guión y dirección: Nadav Lapid. Con Ariel Bronz, Efrat Dor, Naama Preis, Alexey Serebryakov, Sharon Alexander, Pablo Pillaud Vivien, Idit Teperson y Shira Shais. Dirección de fotografía: Shaï Goldman. Edición: Nili Feller. Sonido: Moti Hefetz. Música: Sleeping Giant y Omer Klein. Producción: Judith Lou Lévy, Hugo Sélignac y Antoine Lafon. Compañía productora: Les Films du Bal, Chi-Fou-Mi Productions. Año: 2025. Duración: 149′. Países: Francia, Israel, Chipre y Alemania.
