Hombres de teatro 2022

En lo que a actores se refiere el 2022 tuvo un buen número de actuaciones masculinas destacables, tanto en elencos de variado número como en unipersonales.
 

Mario Petrosini se lució en “La noche se está muriendo”, con un Federico García Lorca inolvidable. Los diálogos con Margarita Xirgu (Lorena Szekely) son deliciosos y transitan textos como “Yerma”, “Doña Rosita, la soltera”, “El Público”, “Así que pasen cinco años” y “Oda a Walt Whitman”. La selección en sí, es toda una toma de decisiones al respecto. Será cada silencio, cada gesto de Petrosini lo que configura una actuación memorable.  Sensibilidad sin fisuras, el talento puesto al servicio de una figura de los kilates del poeta granadino.


Una dupla de lujo e indestructible es la que conforman Federico Liss y David Rubinstein en esa gema llamada “De la mejor manera”, dirigida por Jorge Eiro. Ambos dan vida a los hermanos Miguel y Laureano, a grito pelado, detona con el ruido ensordecedor del reproche constante y una onda expansiva que va más allá de la muerte de su padre, justo en el momento en que están en la organización del velorio. La confrontación entre ambos  ante la pérdida irremediable -y cómo enfrentarla-, así como el futuro del bar, las relaciones familiares y las decisiones tomadas por cada uno de sus componentes estallan pero de una manera particular. Los diálogos son tan precisos como fácilmente identificables en tanto la omnipresencia de la “familia” con sus mandatos a seguir y ese “deber ser” tan castrador como escrito a fuego, con el castigo correspondiente a quien ose seguir algo tan simple como su propio deseo.
Tampoco olvidamos a Fritz y Frantz, esa entrañable dupla de payasos en “Der Kleine Führer”, que llevaron a cabo Vladimir Klink y Pedro León Alonso. Humor, música e ironía para la corrosiva y recomendable última creación de Eugenio Soto.

Dentro de la excelente “Los finales felices son para otros”, con un elenco preciso en eso de llevar adelante una puesta de calidad, que ubicaba a Shakespeare en el conurbano bonaerense. Será Julian Ponce Campos el que pone cuerpo y alma a ese Ricky, -que no es otro que Ricardo III en un taller- que sufre y cranea venganzas para con su familia. El verso de una muy conocida canción alude a que “El mundo me hizo así y no puedo cambiar”. Maldad arquitectónicamente concebida para satisfacer sus deseos de revancha. Nadie mejor que Ponce Campos para dar vida a un personaje inolvidable.
 
En lo referente a unipersonales, hay muchas actuaciones a destacar. Tal es el caso de Marcos Montes en “El hombre de acero”, con un padre que se ubica en el centro del escenario, parapetado detrás de su escritorio desde el cual desarrolla sus actividades. Se lo nota atribulado frente al arribo de situaciones propias del crecimiento de su hijo autista. Sabe que debe estar a la altura de las circunstancias ante su despertar sexual. Su forma de hablar pausada y descriptiva entabla una inmediata empatía con el público. Montes brilla con su personaje atiborrado de pena y de culpa pero sin caer en explosiones de sensibilidad extrema. La mesura de su voz y corporalidad obtiene un impacto mayor en la recepción.  En algún punto, recuerda aquél que había concebido Eduardo “Tato” Pavlovsky en su inigualable “Potestad”, en su identificación y proximidad con el auditorio, más allá del complejo de «conciencia limpia» que vive.
 

En el caso de Marcelo Katz, lleva adelante a Gaspet, un diseñador/creador de máscaras, oficio que viene de cuatro generaciones. La sentida actuación de Katz va y viene a través del tiempo, con historias cautivantes sobre el surgimiento y la realización de aquellas. Aquí es donde se inicia un “in crescendo” de un relato atrapante. La historia detrás de cada una de sus creaciones y la forma en que la desarrolla Katz es estupenda. El texto es la precisa combinación de lo sensible y lo profano, con situaciones mundanas de fácil reconocimiento. De repente, el taller se transforma en un universo en el que Gaspet se mueve al compás de sus propias vivencias que incluyen al público, para completar su performance.
 
Con el mix de actuación y filosofía en su texto, Marcelo Savignone estrenó su cautivante “De Interpretatione”. A caballo de la máxima de Paul Ricouer de “Una vez que el texto entra en contacto con el lector, el autor ha muerto”, revisita el trabajo que realizó sobre diversos títulos de Anton Chejov a lo largo de su rica trayectoria. Savignone apela a mínimos elementos para llevar a cabo su propósito. Una puerta móvil, una silla y dos de sus acompañantes usuales que son un micrófono y su guitarra. Desde allí, surge la emoción al recordar situaciones puntuales de su vida cruzándose con su faceta profesional, tal como la muerte del padre, separaciones y peripecias varias. Desarrolla una personalísima línea dentro de los unipersonales masculinos, encontrando siempre una nueva veta a desarrollar.
Del lado más político, Manuel Santos Iñurrieta recuerda y homenajea a Silvia Filler en “Construcción poética de un recuerdo”. Recordemos que en 1971, Filler fue asesinada en el marco de una asamblea estudiantil en la Universidad de Mar del Plata por el grupo parapolicial Concentración Nacional Universitaria, de ultraderecha. Santos Iñurrieta vuelve sacar de la galera a su reconocido “comediante” (o primo de éste) para poner sobre tablas ese debate entre poética y realidad coyuntural que forman parte del teatro. Ni hablar del retorno constante de ideologías que atrasan años y están llenas de odio, con un aterrador complejo de “conciencia limpia”, con instituciones en las que ampararse. Es complicado tener un arte que transita paralelo a la coyuntura o artistas de militancia basada únicamente en redes sociales, sin poner nunca el cuerpo a ninguna lucha, salvo la de su propio ego. Esto, sin nombrar a los genuflexos de «lealtad dividida» que tienen la banalidad como estandarte.


Para el final, dejamos a Lisandro Penelas en “El tipo”. Una actuación brillante, sublime, que lleva adelante un texto que va más allá de la violencia de género para plantear una serie de interrogantes y autopercepciones de los tipos frente a este flagelo y como el complejo de “conciencia limpia” pelea cabeza a cabeza con el machismo más rancio. Aquí, es donde el texto rompe la cuarta pared para interpelar al público. La hombría y su ratificación interna y externa, con esa necesidad de (de) mostrarla so pena de la sanción correspondiente. El deseo a ser reconocido en su trabajo y su ser «hombre» como de «agradar» a los demás, es palpable. Nada muy lejano a lo que quiere la mayoría. El tema es el costo y la manera. Todos podemos ser “él”. Hasta diría que, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido algún tipo de comportamiento así (¡vamos muchachos, a no hacerse los inocentes ahora!). La creación de sentido es tan elocuente como perturbadora.

En la próxima nota, finalizaremos el recorrido teatral pero desde otro lugar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Translate »
Scroll al inicio